
Despertó antes que sonara la alarma del móvil, el sueño, tan nítido aún, hizo que lo buscara a su lado, y ahí estaba, roncando. Desconectó la alarma y puso los pies descalzos sobre el suelo. Mientras salía de la habitación entornando tras ella la puerta contempló a su marido: respiraba fuerte con la boca abierta babeando la almohada. Cuando renovaron la casa compraron un colchón nuevo, de esos de látex, al que ella añadió dos almohadas individuales, así, con un solo movimiento, obtuvo dos utilidades: que durante la noche no se produjeran más sordas luchas por conquistar terreno “almohadil” y que las babas de cada uno fueran de uso y disfrute propios.
Faltaban 27 minutos para las siete y decidió levantarse.
Sentada en el váter vio cómo una cucaracha de dimensiones considerables corría, cegada por la luz, a esconderse bajo algún resquicio. Consideró la necesidad de inundar el baño con algún aerosol repelente, lo malo de eso, pensó, es que por las mañanas encontraría los cadáveres panza arriba y estos, patearían desesperados enredándose en la escoba a la hora de la exhumación resistiéndose al exterminio. Desagradable asunto. Si de ella dependiera las dejaría vivir en paz siempre que ellas corrieran a ocultarse ante su aparición.
Por un instante, en su mente se reveló la imagen de ella misma llevando en una mano el insecticida y en la otra una bandera blanca mientras una congregación de dictiópteros optaba por una convivencia en paz. La carcajada que salida de su boca se desgranó en el silencio la pilló por sorpresa. Un cosquilleo de tripas la hizo tomar conciencia de lo absurdo de la situación y llevada por un imperioso deseo se desnudó ante el espejo; contempló sus pechos marcados por la maternidad de la que habían sido víctimas. Probó innumerables posturas que inmisericordes resaltaban los michelines y, en pose “Quasimodo”, caminó renqueante de un lado a otro, siempre observándose en el espejo. En una de éstas, cuando se observaba de perfil mientras subía el labio inferior hasta tocar su nariz, el espejo le devolvió el reflejo de su marido que la miraba atónito mientras se rascaba las posaderas con verdadero encomio.
– ¿Qué haces? Preguntó a la vez que bostezaba.
– ¿Podrías dejar de rascarte el culo? Contraatacó mientras cubría su desnudez con el albornoz y, sin mediar palabra fue hacia la cocina: filtro, agua, café, botón: puso en marcha la cafetera. Caminó hacia el lavadero: detergente, suavizante, botón: puso en marcha la lavadora; de nuevo en la cocina sirvió dos tazas de café. Su marido le dio las gracias mientras remetía en los pantalones los faldones de la camisa con una ambigua sonrisa. ¿Qué querría decir aquella sonrisa? ¿Sería una ambigüedad del tipo “no sé de qué va esto”, o la ambigüedad peligrosa que nace del cinismo? En todo caso la misma sonrisa seguía impertérrita cuando se despidió de ella con un beso que apenas rozó le rozó la mejilla y, tristemente, no pudo evitar comparar la marcha de su marido con la huida de la cucaracha.
Con un “mamá-suspiro”, ese era el nombre que daba al tipo de suspiro que hace que olvides el asunto, ¡olvida el asunto! Dice el “mamá-suspiro” ¡olvida el asunto o será aún peor! se encaminó a la ducha, pero pensándolo mejor, podría salir a correr por el parque. Antes solía hacerlo al menos tres veces en semana y la mañana, aunque fría, se veía preciosa.
Mientras se ponía las zapatillas recordó el sueño, lo recordaba con sorprendente exactitud, si cerraba los ojos volvía a sentir el miedo, la inquietud, el desasosiego y algo más…su corazón latía pesado en la garganta, en la garganta y en la entrepierna, un latido sordo, rítmico, secreto ¿Debería darse una ducha? Volvió a suspirar y terminó la lazada.
Una vez en el parque y después de estirar, comenzó el trotecillo, ¡bien, se dijo a sí misma, esto es lo que necesitas, quemar energías y dejar de pensar tonterías! El viento daba en su cara y era maravilloso, pero, ¡espera, deberías haberte puesto vaselina en los labios, este airecillo te los brisará! La nariz comenzó a gotearle en un incesante moquillo, los calentadores se le bajaban y para colmo, dos chicas esculturales pertrechadas con lo último en moda “fitness” la adelantaron con atléticas zancadas. Quiso seguirles el ritmo y apretó la carrera en pos de sus ondulantes y rubias coletas y calentadores bien estirados ¿Cómo pueden? Se preguntó llevándose la mano al costado que le dolía de forma alarmante.
Se arrastró hasta un banco y, tras subirse por enésima vez los calentadores y sonarse la nariz, se tumbó cuan larga era sobre él. Tendría que haberse duchado ¿por qué se sentía tan desdichada? Tenía ganas de llorar, miraba fijamente al cielo y sentía unas terribles ganas de llorar. Recordó que, de niña, entre sus hermanos era tomada por loca, total, porque de vez en cuando, con un paño de los platos en la cabeza tipo abuela de pueblo, se sentaba en el rincón más apartado del patio y se imaginaba historias terribles, tristes, grandes tragedias, y se hartaba de llorar. Lloraba hasta sentirse vacía, hasta dar hipidos, mientras sus hermanos la espiaban para luego, cuando los descubría, salir corriendo gritando a cuello pelado: ¡Mamá, la niña está loca! Aún hoy se preguntaba por qué su madre nunca le preguntó nada sobre esos episodios, simplemente se limitó a ignorarlos puede que suspirando. ¿Y si ahora lloraba un poquito? A lo mejor era lo que necesitaba, vaciarse, tirarse toda por los ojos y por la boca, dar hipidos, lamentarse como una plañidera.
La despertó un perro babeante que le olisqueaba la cara. Cuando abrió los ojos el can ladró y con las patas delanteras le impedía incorporarse. Gritó y pateó de forma poco digna hasta que el dueño del perro, un mozalbete con granos en la cara y una gorra que a todas luces le venía pequeña se lo quitó de encima
– ¿No deberías llevarlo atado y con bozal? Gritó sentándose.
– ¿Y tú por qué duermes aquí? – Contestó el niñato con una sonrisilla condescendiente.
Suspiró y se alejó de allí con las piernas rígidas como alambres y el cuello dolorido.
Mientras esperaba que el semáforo pasase a verde, alguien le dio un golpecito en la espalda
– ¡Hola nena, cuánto tiempo!
– Hola Carmen- dijo sin disimular su apatía- ¿Qué tal estás? – preguntó, más por educación que porque le importara
– ¡Uyyy, qué cara… ¿tienes un virus o algo así?
– ¿Eh? ¡no, no, qué va! -y sin saber cómo continuar prosiguió – es que tengo un problema.
– ¿Síii? – la animó a continuar Carmen .
Algo debía decirle, Carmen esperaba con la ceja izquierda levantada, cargada con una gigantesca e incongruente mochila-maleta de color naranja fosforito que la inquietaba bastante.
-Con las cucarachas, tengo un problema con las cucarachas y- vaciló- debo decidirme por un insecticida, creo yo, o un repelente, no sé, ¿tú qué crees?
– ¡Hija por Dios, ¿eso es todo? ¿Ese careto por unos bichitos que, total, están en todas las casas? ¡Tú compra cualquier cosa en los chinos y verás qué bien! ¡Al otro día todas muertas!
Iba a hablar, quería decir algo que cerrara esa necia conversación y, de paso, cerrara la radiante sonrisa de Carmen, pero esta, sin darle tregua atacó
–¡Lo que debes hacer es celebrar una reunión en casa de tupper-sex!
Acabáramos, pensó, de ahí la mochila-maleta
– ¡Síii- insistió su amiga- yo te la organizo, llevo a unas cuantas amigas, conocidas de las dos, merendamos, lo pasamos genial viendo todas las cositas que hay y verás cómo te animas! Además- prosiguió Carmen como si le fuera la vida en ello- que te llevas un regalito por poner la casa, una barra de labios de esas que te lo ponen así, gorditos o, mejor aún, un lubricante íntimo, que a nuestra edad a veces… ya sabes- y le arreó un codazo en el costado.
¡Esto ya era demasiado! ¡El día acababa de comenzar y su marido la había pillado haciendo la tonta, un gachupino la había humillado y “su” amiga le llamaba menopáusica!
-Mira Carmen, dijo mirando al infinito y apretando los dientes- yo no necesito lubricante, yo- Trató de pensar rápido- ¡si me siento sin bragas en un sillón de escay me resbalo, para que lo sepas, Jáaa! -concluyó, pero la carcajada, que pretendía ser chulesca sonó a arcada.
Carmen parpadeó dos o tres veces seguidas y dio un pasito atrás. -Bueno, bueno, pues mejor ¿no? – le contestó- Pues nada chica, ya me dices. Nos vemos por ahí- y se alejó portando su gran mochila-maleta naranja fosforito.
De nuevo en su casa se dirigió a la ducha y en el baño volvía a estar la cucaracha que, esta vez, no huyó, se quedó quieta, moviendo las antenitas. Despacito se quitó una zapatilla y ¡Zas! aplastó al pobre bicho que parecía mirarla desde sus propios jugos parduzcos preguntándole por qué. Sin poder evitarlo lloró, empezó tímidamente, con una lagrimilla y terminó potente, arrasador. Fue un llanto vocalizado, preñado de ¡Ays!, mocoso, hipante y reparador. Definitivamente, ese fue el mejor insecticida.
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