
Cuando abrí la puerta ante mí se extendía una ancha playa por cuya orilla corrían cientos de personas pidiendo ayuda. Ojos desorbitados, bocas abiertas en alarido silencioso. En ese momento me percaté de que portaba un arma en las manos, pero cuando bajé la vista para mirarla, aún incrédula, ésta se rompió en mil pedazos y cayó sin hacer ruido sobre la arena, fundiéndose en ella.
El sol cegaba, la multitud me rodeaba y entre ellos, tú que, de rodillas, las manos depositadas detrás de la cabeza, temblabas y sollozabas. Me acerqué, traté de consolarte, besé tu cuello sudoroso, acaricié tu pelo, áspero al tacto que, con el roce de mis dedos dejó escapar una nubecilla de polvo ; pensé: ¿Cómo puedo sentir esto tan real y , al mismo tiempo saber que es un sueño? Entonces lo vi, vi al hombre armado que apuntaba a tu pecho y hacía ademán para que me apartase. Ese hombre iba a matarte, lo comprendí al ver su mirada, lo supe al ver tus ojos. Pero ahí me quedé, rodeé tu cabeza y la apreté contra mi vientre, nada se podía hacer, y con esa horrible comprensión, o tal vez por ella, ahora contemplaba un bosque encantado, todo verde y frescor, todo árboles y rumorosa agua. Pero él también me vio. El tigre, lleno de amenazas rayadas saltó de entre las ramas todo él fauces asesinas, abominables garras que goteaban sangre. Con lentitud desesperante me di la vuelta y comencé a correr, el corazón golpeándome enloquecido el pecho. Los árboles se abrazaron sobre el camino uniendo sus copas, apagando el día que, de pronto, se hizo noche, la luna iluminó un cielo sin nubes y un solitario grillo comenzó a cantar.
Sin dejar de correr volví la vista atrás y ya no divisaba al tigre, sólo sus ojos, grandes y verdes, me seguían implacables.
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