NACIMIENTO

Hacía tanto que soñaba con transformarse que hasta ese momento no se percató que llevaba mucho tiempo siendo. De pronto dejó su pensamiento vagar por el deseado sueño y sintió un hondo vacío que le impedía respirar, sintió un dolor sordo, palpitante y esto le recordó que eso solo podía ser en su estado consciente; así que ya era.

Caminó hacia atrás en la guarida de su pensamiento que podríamos describirlo como una gran cueva con forma de pasillo, el techo era tan alto que no se podía decir que efectivamente existía, todo lo más se intuía. Las paredes, que se extendían hacia delante y hacia atrás, estaban hechas de un material suave, tibio y, aunque húmedo, no mojaba. Una de ellas se precipitaba en la oscuridad siendo siempre lo mismo, la otra en cambio estaba surcada por una intricada red de delgados conductos cilíndricos que desembocaban una y otra vez en círculos del tamaño de la pequeña luna de Äegsfestôole para después continuar de nuevo.

Una suave luz iridiscente recorría todo el entramado, los círculos parpadeaban rítmicamente y si te acercabas a ellos, veías todos los sueños y todas las existencias habidas hasta ahora por su ser. Sin embargo, algo le inquietaba, siempre había sabido distinguir entre sueño y existencia: el sueño era transformación sin dolor ni sobresaltos, sin sentir; la existencia era desde su mismo comienzo la lucha por encontrar una realidad ignota nunca antes descrita, la alegría de entreverla a veces y el dolor de no encontrarla jamás.

Con la infinita paciencia del contador de arena de las verdes playas de Ganêëf recorrió con la mirada aquella laberíntica pared; los pequeños tubos subían, bajaban, daban giros inesperados y dejaban su carga viva en los receptáculos esféricos para surgir de nuevo y seguir su peregrina marcha: “Adelante, adelante, adelante…”

Se asomó al primero y era como sumergirse en las aguas vivas del lago de Gilgalkush, quieto como un espejo en apariencia pero su realidad no era nada hospitalaria: si algo o alguien se adentraba en él, manos de agua te sacudían, exploraban sin ningún decoro,  incluso pretendían cambiar tu anatomía llegando a veces a conseguirlo (se sabe de desgraciados seres que salieron de allí con miembros que antes no tenían, un cerebro de más o de menos, gustos culinarios distintos y hasta la forma de ver el Universo totalmente cambiada, tanto que, cuando esas mismas manos acuáticas te expulsaban de allí sin ningún miramiento, agonizabas y morías en la orilla sin saber si quiera quién eras antes y para qué estabas allí).

El segundo receptáculo al que llegó fue más agradable y menos peligroso: se adentró en el rojo bosque de los soñadores árboles trifolios. Nada más entrar un gran árbol, rojo como el moribundo sol de Lihdehën, lo tomó en sus ramas y le contó el cuento de Los Silencios y antes de caer dormido pudo ver cómo otros árboles mecían entre sus hojas a otros seres tan solitarios como él, ¿quizá eran también como él? De pronto se sintió conectado a ellos de alguna forma muy poderosa, se retorció de emoción entre las ramas y un viento suave atravesó su cuerpo inflándolo como un globo, salió por su boca, se paró justo delante de sus ojos, coloreado y cambiante y se convirtió en Voz.

Esta nueva percepción, la Voz, tenía la inigualable cualidad de nombrar todo aquello que veían sus ojos y lo que no, lo que podía tocar y lo que no, lo que era y lo que no, y así, derramando sonidos por su boca salió del sueño.

Por un breve espacio de tiempo sopesó la idea de volver a ese bosque y no volver a salir de allí, pero deseando poner nombre con su nueva voz a todo lo que había más allá, siguió adelante.

Entró en otra esfera y en la siguiente infinidad de veces, iba de una a otra borracho de sensaciones.

Vio nacer gigantescas formaciones pétreas que emergían de enormes y espumosas masas de aguas oscuras, bravías, amenazantes. Grandes lenguas de fuego eran disparadas hacia el espacio pariendo a su vez columnas de humo negro que impedían ver unas estrellas sorprendentemente cercanas y familiares. El suelo latía y temblaba, gritando con una voz tan potente y desgarradora que destruía y creaba a la    vez.

De pronto se vio a sí mismo como un planeta mudo y oscuro viajando en un universo implacable y certero, vientos espaciales barrían inmisericordes su cara, alguna que otra estrella pasaba rauda y luminosa cercenando la oscuridad, masas calcáreas chocaban contra él y le hacían cambiar de rumbo, sin embargo, el planeta, que no era otra cosa que su ser, seguía viajando en el recuerdo de un Sol que se sentó a esperarlo.

Era esta la última esfera y decidió que había llegado al final del viaje.

Tomó impulso, de un fuerte empujón desgarró la pared y avanzó, ciego e indefenso, hacia la luz.