Despertó un día dándose cuenta de que todo lo que rodeaba su vida le dejaba mal sabor de boca. Se sentía insatisfecha, a veces incluso estafada. Tras un ansiado divorcio y dos fracasos amorosos, Carmen pasaba por una mala racha. La psicóloga tras exprimirla durante meses dictó sentencia:
-Debes reencontrarte a ti misma. -Descubrirme de nuevo...Y ¿cómo? -Eso también debes descubrirlo tú misma- contestó la susodicha quedándose tan pancha. -¡Vaya una mierda de terapia!- mientras preparaba el viaje maldecía a esa comecocos de cabello precioso y gesto inmutable- ¡Vaya mierda de todo!
Volvió a mirar las fotos de "aquel precioso paraíso de tranquilidad" que le recomendaron en la agencia de viajes, un destino de turismo rural y sosegado, ideal para desconectar. Pensó que no sería mala idea llevar compañía, una buena amiga era lo que necesitaba en esos momentos. Decidió invitar a Rocío, ella también andaba de capa caída entre el círculo social de ambas, ya que, aun siendo vox populi su fama de depredadora sexual, su último escarceo la hizo caer en desgracia: se encamó con el conserje del edificio donde vivía siendo pillada in fraganti por la mujer de éste. Oronda señora de mirada aviesa y permanente olor a salmón ahumado que después de querer arrastrarla por los pelos escaleras abajo, se encargó de difundir el episodio aderezándolo, cada vez más, con adjetivos destinados a ensalzar la carga erótica de "su Paco". Llegaron pasadas las tres de la tarde, Carmen disfrutaba del sol y una brisa muy agradable y Rocío se atusaba el pelo
- Pedras da Cruceiro- dijo soñadoramente esta- comemos y después embarcamos ¿no? ¡Ayy, qué ilu, no sé cómo darte las gracias chica! -Pero ¿De qué hablas?- preguntó Carmen interrumpiendo a mitad de camino una burbujeante cerveza- ¿Dónde quieres que embarquemos? -En el cruceiro, Carmen ¿no nos vamos de crucero? Uno de esos con grandes fiestorros brasileños. ¡Tengo unas ganas locas de bailar lambada con algún trípode carioca de esos! -¿De qué hablas ninfómana desbocada?- el tono de Carmen se elevó al decir esto y el camarero, tras subirse los pantalones hasta unas alturas peligrosas para su zona pélvica, miró fijamente a Rocío. -¡Miauuu!- una mimosa Rocío de uñas esmaltadas arañó el mantel mientras le devolvía la mirada. -¡Será posible! ¡Deja eso y escucha!- la mujer gata le prestó atención desplegando una hermosa sonrisa, el camarero se alejó dando un traspiés al interior del restaurante- Este pueblo se llama Cruceiro y el hotel donde nos alojamos Pedras da Cruceiro. ¿Entiendes ahora? -¡Ohhh!- Con un mohín Rocío zanjó el malentendido- Ya veremos qué podemos hacer. Lo malo es que solo he traído conjuntos playeros; ya sabes, tangas, minishorts, transparencias... La descripción de su fondo de armario se vio interrumpida por una especie de loca carrerilla del camarero que, tras llegar junto a ellas y volver a subirse el pantalón con inusitada vehemencia les informó: -Non se preocupen las señoras ¿eh? que tenemos piscina y a veces hace bueno- su voz, aparte del marcado acento gallego, sonaba cargada de emoción y en sus ojillos brillaba la lujuria del macho solitario. -¡Uhmmm!- ronroneó Roció. -Gracias- atajó Carmen y se encaminó hacia la habitación que compartía con su amiga "decorada al estilo rural gallego más fiel, pero con todas las comodidades".
Alrededor de las cinco de la tarde despertó de una placentera siesta sin sombra alguna de esos sueños que últimamente la perturbaban: sueños donde, después de subir una empinada montaña, se veía a sí misma en la cima, a una altura de vértigo, y ante la aterradora sensación de que no sabía bajar pero debía hacerlo, se lanzaba al vacío.
Entró al baño para ducharse y allí estaba su amiga, en el jacuzzi, rodeada de burbujas que estallaban entre sus recovecos. Algo que brillaba esperanzado en la mirada de Rocío, o tal vez fueran imaginaciones suyas, hizo que declinara la invitación de unirse a ella y, cuando estuvieron listas bajaron al bar para tomar un café antes de dar un paseo por el pueblo.
Estaban sentadas en la terraza, junto a una valla de madera que hacía las veces de mirador. Desde allí se podía observar un angosto sendero que se perdía entre una arboleda cada vez más profusa. El verde que lo envolvía todo, casi como único color, tenía cualidad cegadora. El sonido del viento entre los árboles invitaba a adentrarse en el camino.
-Suspendida calma- Carmen se sorprendió al darse cuenta que lo había dicho en voz alta. -¿Quéeeee?- preguntó Rocío poniendo su clásico gesto de "¡Chica, tú no estás bien!"
Pero la repuesta de Carmen se vio interrumpida por un sonido como de arrastre que llegaba desde detrás de ella. Las dos miraron y vieron lo que lo producía: Una mujer de cara completamente redonda y blanca como un queso era la culpable. Más bien su pierna era la culpable. Ya que la arrastraba a cada paso como un fardo inútil, cosa que, por otra parte, parecía importarle bien poco a la coja en cuestión, pero el penoso desfile se acrecentaba aun más debido a que su cuerpo lucía inclinado hacia delante y torcido a la derecha, dejando ver la chepa que portaba en su espalda como un bulto sospechoso. La señora en cuestión llegó hasta ellas, se plantó allí asintiendo una y otra vez con la cabeza a modo de salutación. de improviso, soltó lo que les pareció un aullido: -¡Toniiinooooo!
Las dos amigas, en perfecta armonía, se levantaron en claro gesto de huida, chocando con el camarero. La jorobada comenzó a reír con grandes y salvajes carcajadas y Rocío aprovechó para apretujarse contra el mancebo. Tras una breve conversación de la que no entendieron ni jota, entre jorobada y camarero, la mujer se alejó de allí arrastrando la pierna y sin dejar de reírse.
Cruceiro estaba enclavado en un parque natural y, para demostrarlo, numerosos carteles de caminos en grado de dificultad, se perdían entre sinuosos senderos, todos en dirección al bosque. Por las calles del pueblo mulos con grandes cargas en sus lomos, seguían mansamente a sus amos. Carmen miró de soslayo a Rocío que, arqueando una ceja, se apartaba para dejar paso a un cuadrúpedo bastante roñoso.
-¿Sabes por qué se llama Cruceiro?- ante la todavía levantada ceja de su amiga, Carmen prosiguió- Significa "cruce de caminos". Esto, antes de ser un pueblo era un lugar de nadie; su único valor consistía en ser el punto central desde donde poder tomar camino hacia las distintas aldeas de la comarca y, como además por aquí pasa un río de aguas tranquilas, era el lugar ideal para el descanso de caminantes; de caminantes y mulos- Dijo sonriendo- una cruz señalaba el punto exacto y protegía a los viajeros de los malos espíritus del bosque. ¿Quieres que vayamos a verla? ¡Podremos hacer unas fotos preciosas! -Mejor vayamos hasta la plaza- la descripción del lugar no hizo mella en el ánimo de Rocío- ¿O es que quieres que nos pisotee un mulo gallego? Por cierto ¿Será algo burro Tonino en la cama?- ante la mirada sorprendida de Carmen explicó- No digas que el chico no tiene un puntito así como rural.
Rieron divertidas y un cuervo, desde algún árbol, graznó su disgusto.
La plaza de Cruceiro era redonda y graciosa. con la inevitable fuente en su centro. Parecía que todo el pueblo al completo estuviera allí sentado, esperando verlas pasar. A esas horas el cielo de la tarde era un cantar estridente de aves que volaban raudas de un lugar a otro para descansar entre los innumerables huecos del techo de la iglesia. Entraron a la típica tienda de recuerdos, productos locales y toda clase de objetos. "A Meiga", rezaba el cartel; de los estantes colgaban talismanes para distintas suertes o deseos, botes de ungüentos milagrosos, velas, camisetas y todo ello se hacinaba sin orden ni concierto dando muestras de una heterogeneidad muy poco profesional. Alguien acudió para atenderlas; la jorobada que, al verlas, comenzó a reír y a asentir con la cabeza, se ve que era una mujer de costumbres.
-¡Qué se les ofrece a las señoras? Aquí pueden encontrar de todo- Y ese "todo" lo enfatizó mirando directamente a Rocío- ¿Quieren saber su futuro?- preguntó tomando sin permiso la mano de Carmen- ¡Perfecta, perfecta! Me llamo Malvina- afirmó mientras le acariciaba la palma y Carmen hacía disimulados esfuerzos por soltarse.
Ante la mirada contemplativa de Rocío, preguntó a bocajarro y sin empacho alguno:
-¿Quiere acariciarme la joroba? Dicen que trae suerte, ahora que non se yo si buena o mala ¡eh?- alzó la cabeza y volvió a reírse, era una cheposa bastante risueña sin duda alguna.
Algo culpable Rocío compró aceites perfumados y un filtro de amor muy provechoso según Malvina.
-A ti no te vendo nada- interpeló la tendera a Carmen- A ti te voy a regalar una historia; tu amiga puede oírla, pero solo tú serás la dueña, solo tú podrás contarla. Las hizo pasar a la trastienda, les sirvió una infusión de salvia y comenzó a contar:
-Yo no nací jorobada. Esta deformidad se remonta al día de mi bautismo, ese día, el párroco, aficionado al vino de la Eucaristía, andábasealgo beixo y se confundió con los Santos Óleos . En vez de ungirme con el del Bautismo, lo hizo con el de Unción de Enfermos. El que se les pone en la frentea los moribundos- Aclaró por si las moscas- Así me otorgó el don de poder ver las Ánimas en pena-
interrumpió el relato con un teatral suspiro y un sonoro sorbo de té
- Hasta los nueve años crecí feliz; ayudaba a mi madre, curandera de profesión, a recoger del bosque todo lo que necesitaba para su quehacer. Nueve años tenía cuando me entretuve junto al río, donde la cruz de piedra, y me pilló la hora de la anochecida que es esa hora donde todo se confunde, donde todo es posible. Yo lanzaba piedrecitas al río cuando el silencio grande y pesado que me envolvió hizo que me diera cuenta de lo tarde que era. Recogí mi hato de hierbas y me lo ataba a la cintura cuando sentí un penetrante olor a cera derretida, el suelo temblaba como si un gigante pasease por el bosque. Entonces los vi: por el sendero que lleva al pueblo una comitiva se acercaba en fila india. Cuando estuvieron más cerca pude verlos; monjes encapuchados cantaban con voz que no se oía, se sentía. En sus huesudas manos portaban calaveras por cuyas cuencas vacías asomaba, trémula, la luz de velas. Gruesas cadenas ceñidas a la cintura de cada monje los enlazaba entre sí, como si todos y cada uno de ellos fuesen sus propios prisioneros. Era "A Santa Compaña". Yo tan miquiña como era y tan asustada, olvidé encerrarme en un círculo dibujado en la tierra y hacer la higa con mis manos-
En este punto Malvina cerró el puño de la mano izquierda dejando asomar entre el índice y el corazón el dedo pulgar
- para protegerme del mal de ollo. Los putos monjes zombis pasaron sobre mí, me pisotearon, dejándome malherida, deformada y en estado de gracia.
Esta fea chepa- La jorobada paseó renqueante y dando saltitos de euforia alrededor de las dos amigas - me dio el poder y debo advertiros que sois las únicas en todo el pueblo que no han sido bautizadas... -¡Sí que estamos bautizadas!- Gritaron Carmen y Rocío a coro. -¡Nada diso!-Políglota y desdeñosa Malvina hizo un gesto con la mano como si espantara moscas - ¡No habéis sido bautizadas por mí! Ahora y aquí, en este lugar del mundo, corréis peligro; peligro real de convertiros en las portadoras de A Santa Compaña; de estar, hasta que algún otro desdichado ocupe vuestro lugar, obligadas a ser las que anuncien la muerte a todo ser humano. Pero- prosiguió la curandera- por un módico precio, esta noche os bautizaré en el río. Estando bautizadas con las aguas mágicas os señalaré como gentes del lugar y no como turistas, aunque parezca una tontería los monjes cadavéricos los prefieren ¡Vaya usted a saber por qué!; será a las doce, la hora de las meigas. Tonino, que es primo mío, os conducirá al lugar.
En el hotel las amigas discutían; Carmen no quería ir, Rocío en cambio se dejaba llevar por lo mágico y quería, exigía, ser bautizada por Malvina.
-Debemos ir ¿No querrás estar desprotegida? ¿A ti qué más te da?- decía con gesto soñador y casi sin respirar mientras elegía un conjunto de ropa interior- Además nos acompañará Tonino.
En aras de la aventura, ¿Quién sabe? Quizá se rencontrara consigo misma de noche, en un pueblo de Galicia y siendo bautizada en un río por una curandera de lo más rara, Carmen claudicó. A las once y media Tonino llamó suavemente a la puerta. Rocío corrió a abrirle
-¡Cómo cambias sin el uniforme!- poniendo morritos, le acarició el cogote y Tonino con o sin uniforme hizo lo que al parecer era su gesto de contento: se subió los pantalones.
Como tres furtivos, cosa totalmente innecesaria ya que nadie andaba a esas horas por las calles, llegaron a la linde del bosque. Malvina los esperaba, vestida con hábito y portando un saco. Su blanco rostro destacaba bajo la luna también blanca, pero de luz tan poderosa que bordaba el camino de claroscuros produciendo un cuadro conmovedor, un cuadro que bien podría llamarse "La bruja y la Luna"
Llegaron al claro del bosque donde la cruz destacaba como un faro de piedra. Malvina hurgó en el petate, sacó velas y una calavera sospechosamente real. Rocío aprovechó la parada para sobar el culo de Tonino mientras que, con gran habilidad, le mordisqueaba una oreja.
-Empezad vosotras que ahora volvemos. Malvina, te cojo una vela- y como si de una excursión campestre se tratara arrastró al camarero tras unos matorrales. Carmen y Malvina quedaron solas.
-¡Descálzate y ponte de hinojos!- ordenó la jorobada mientras ceñía a la cintura de su bautizante una cadena mohosa. En torno a la orante encendió velas para después, mirando hacia el sendero, entonar una musiquilla que, sorprendentemente sonaba al Requiem de Verdi.
Sobrevino el silencio, la brisa dejó de mover las copas de los árboles; la llama de las velas se erguían rectas. Gemidos y escarceos amatorios se dejaban oír desde los matorrales. El suelo comenzó a temblar y a lo lejos unas sombras se hacían cada vez más visibles. Cantando ahora en voz alta, Malvina se arrastró hasta el río, lleno la calavera de agua y escupió dentro, con esta concha bautismal hereje empapó la cabeza de Carmen, luego trazó un círculo alrededor de ambas y, animando a Carmen a hacerla también, alzó su puño formando la higa.
-Pero ¿Y ellos? -Tonino sabrá qué hacer cuando llegue el momento. Tu amiga es la elegida, tomará mi lugar. ¡Al fin seré libre!-
La maldita curandera, bruja, meiga o lo que fuera, sonreía de una forma que erizaba el vello, balbuceó algo más, parecía hallarse en trance. El infausto desfile se acercaba, los monjes, ahora completamente visibles, se dirigían hacia los agrestes amantes que, en su ímpetu pasional, parecían no percatarse de nada. Carmen se incorporó de un salto para avisarles, pero Malvina la sujetó por una pierna con inusitada fuerza, sin dejar de sonreír. Con la pierna que le quedaba libre, Carmen pateó furiosamente la chepa de la bruja que rodó por el suelo sin emitir queja alguna. Corrió descalza sobre las agujas de pino y llegó hasta Tonino y Rocío, dibujó un círculo en torno a los tres
-¡Haced la higa!- gritó enseñando los dientes- Rocío la imitó con sonrisa libidinosa; debía creer que se les unía con algún signo de tipo triangular. Tonino comprendió a la primera, alzó los dos puños y, con las vergüenzas al aire, comenzó a rezar el Padrenuestro.
La procesión paró frente a ellos; hubo unos segundos de silencio, como si los monjes estuvieran decidiendo qué hacer. Parecían algo desconcertados y Carmen juraría que, dentro de sus capuchas, ojos espectrales contemplaban los desnudos pechos de Rocío. Al fin se decidieron y prosiguiendo su marcha volvieron a pisotear a una Malvina que lloraba tendida panza arriba fuera de la protección del círculo.
Cuando conducían en dirección a Sevilla Rocío llamó la atención de Carmen con un ligero toque en el brazo:
-Prométeme que el año que viene nos iremos de crucero. -¿Seguro que no quieres volver? Creí que te gustaba Tonino. -La tiene torcida, ya sabes, en forma de gancho...¡Menudo trabajo tener que acomodarse eso! Carmen rio con ganas y, a modo de homenaje aulló: -¡Toniiinoooo!
Muy divertido!
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Gracias
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