Un día en el hide

Imagen tomada del libro Leyendas y Folklore Irlandeses de William B. Yeats

La mañana, aunque fría, prometía sol. Solo algunas nubes, blancas y algodonosas colgaban en el cielo como si fueran el atrezzo de un guiñol gigante que un niño hubiera colocado allí. Nora contempló todo esto desde la ventana, bebiendo a pequeños sorbos el café oloroso y caliente. Estaban a punto de dar las siete y su compañero aun no había hecho acto de presencia así que, para hacer tiempo, volvió a repasar su equipo: cámara, lentes, trípode, dos termos, uno con café y otro con sopa, bocadillos y dos buenas mantas; todo en orden, únicamente faltaba Jorge… Resopló, tendría que ir a despertarlo. El hide lo habían alquilado desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, se tardaba casi una hora en llegar desde la casa rural donde se hospedaban y les costaba 150 euros, 75 por barba y, a saber Jorge, pero para ella era un esfuerzo económico considerable teniendo en cuenta que, de conseguir las fotos de aves que pretendían, sería una suerte poder venderlas a alguna revista especializada.

En la casa no se oía ni una mosca, cosa rara ya que, según les dijo la dueña la noche pasada, tenían todas las habitaciones reservadas para ese 31 de octubre; Noche de difuntos para algunos, de Halloween para otros. El comedor lucía decorado con calabazas de sonrisa tétrica, telarañas y algún que otro esqueleto situado estratégicamente pero, lo que sin duda llamaba la atención eran una especie de disco de piedra con inscripciones rúnicas colocado encima de la chimenea y, sobre el anaquel de madera de la misma, un hombrecito de mimbre y boca descomunal que parecía vigilar un nido hecho de ramas, plumas y barro con cinco huevos negros decorados con las mismas inscripciones. La luz cimbreante de las llamas daba movimiento al curioso conjunto de tal forma que el hombre de mimbre parecía mover la boca y los huevos parecían agitarse suavemente dentro del nido, casi se podía oír el suave fru-fru producido por el roce con las ramitas…Nora pestañeó y sacudió la cabeza ¡Casi se queda dormida! Miró el móvil, soltó un pequeño gruñido y se encaminó hacia la habitación de Jorge

-¡Las siete y media!- gritó mientras subía la escalera a zapatazo limpio- ¡Ya deberíamos estar colocando el equipo! vociferó mientras abría la puerta sin llamar.

Jorge se incorporó alarmado y la miró sin comprender, el edredón resbaló de su cuerpo dejando ver que estaba desnudo. A su lado, la dueña de la casa dormía derramando su negro pelo sobre la almohada. Algo desconcertada pero nada escandalizada, ya sabía ella cómo se las gastaba su compañero, clavó los ojos en Jorge:

-Llegamos tarde- masculló entre dientes- ¿Qué coño haces?

-Algo debió sentarme mal anoche- Jorge hablaba despacio, buscando las palabras, casi balbuceante. No dejaba de pasarse las manos por la cara y de mirar alrededor como si no supiera dónde estaba- Creo que iré algo más tarde, a ver si se me asienta el estómago. Adelántate tú.

-¡Jorge, sabes que no conduzco! ¿Cómo quieres que me adelante?

Sin levantar la cabeza de la almohada, Raquel, así se llamaba la amante durmiente, sentenció

-El panadero está a punto de llegar; es mi primo, dile de mi parte que te lleve al hide, Jorge irá en un rato.

Nora miró a su compañero de trabajo que, sin decir esta boca es mía, volvió a sumergirse bajo el edredón; iba a protestar cuando oyó llegar un coche. Resignada corrió a recoger su equipo.

Acomodada en la furgoneta (Panadería Vicente) rezaba el rótulo, miró de reojo al que, suponía, debía ser Vicente. Tendría unos 27 ó 28 años; alto, 1’90 cm a ojos de buen cubero, melena descuidada de un color rubio pajizo y unas espaldas que podrían cargar con el orbe terrestre. La boca era muy grande, en el sentido que parecía una brecha que dividía su rostro en dos, sus labios en cambio, eran casi inexistentes y sus ojos…Bueno, ciego no era ya que conducía con toda pericia, pero sí que parecían no ver nada, no registrar nada. Le recordaron al de los peces expuestos sobre el hielo en la pescadería del mercado. En estas ensoñaciones estaba Nora cuando llegaron al hide; el gigantón la ayudó con el equipo y se alejó de allí dejando tras sus ruedas una nubecilla de polvo como toda despedida. Nora respiró hondo y comenzó su día de trabajo.

Tras el cristal espía, Nora aguardaba en silencio y cámara en mano la ocasión propicia, pero esta se resistía. Ni un pájaro en toda la mañana. Sobre las once decidió tomar un café cuando de pronto una marta y dos zorros pasaron corriendo delante del cristal. Tan sorprendida estaba que ni se acordó de fotografiarlos…¿Una marta y dos zorros juntos? Eso, al menos ella, no lo había visto nunca. Corrió al gancho donde había colocado la cámara con sensor de movimiento y ¡Sí, allí estaban! ¡Era increíble! Jorge iba a alucinar cuando la viera.

¡Maldita sea! -pensó- ¿Qué andaría haciendo ese huevón?

Mientras tomaba el café leyó el folleto del hide; en él se hablaba de la Sierra de Alaiz que, con sus bosques de coníferas, hayas y robles, reunía en sus instalaciones especies de aves sedentarias y migratorias. Al río bajaban para calmar su sed familias de Piquituertos, elegantes Zorzales Charlos, Picapinos Trepadores, Herrerillos Capuchinos, Currucas…También presumía de sus Milanos Reales, Buitres Leonados, Gavilanes. .. Nora enfocó el objetivo hacia la poza que formaba el río, nada, ni un triste gorrión; enfocó ahora los árboles. Solo ramas medio peladas que se agitaban con el viento, viento que empezaba a soplar fuerte. Oyó ruido por la ventana trasera y cuando acudió a ver qué era lo que lo producía, resultó ser un cuervo, negro y majestuoso, que la observaba fijamente desde una rama. Ambas, fotógrafa y cuervo, se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Nora juraría que se podía ver a ella misma reflejada en la oscura pupila del ave y de pronto se percató de lo sola que estaba allí, en medio de la nada. Corrió hacia su mochila, sacó el móvil y llamó a Jorge, no respondió.

El día se le hizo eterno. Aunque eso no era recomendable, de vez en cuando salía del hide para estirar las piernas, total, aquel bosque parecía muerto. Desde donde estaba podía ver con los prismáticos la carretera de entrada hacia la casa y pudo comprobar que hubo mucho movimiento de coches, debían de ser los huéspedes de los que les habló la noche anterior Raquel. A las cuatro y media solo tenía las fotos del extraño trío y del cuervo. Jorge no había aparecido

¿Cómo demonios se suponía que iba a volver a la casa? El cabronazo de Jorge la había dejado tirada, se pellizcó el labio inferior mientras pensaba; supuso que Vicente el panadero, volvería para recogerla pero, curiosamente, ese pensamiento no la tranquilizó.

A las cinco menos cuarto decidió volver andando. Guardó el equipo en la mochila, que pesaba como un muerto, se arrebujó en una manta y, bajo un cielo oscuro que amenazaba lluvia emprendió la marcha. Llegó ya de noche y exhausta a la casa que aparecía oscura, ninguna luz brillaba tras las ventanas, sin embargo varios coches esperaban mudos en la entrada, era obvio que debía de haber gente. Avanzó la mano hacia el picaporte de la puerta cuando le llegó el sonido de tambores y flautas, pero no era música, era una especie de guirigay altisonante y chirriante; al mirar hacia donde provenía el ruido pudo ver el resplandor de hogueras y, llevada por no sabía qué impulso, sacó la cámara y se encaminó hacia allí.

Apostada tras unos matorrales casi se olvidó de respirar ante el espectáculo que se le ofrecía en medio del bosque: Una hoguera gigantesca ardía rabiosa rozando las altas ramas de los árboles que, sin embargo, no se quemaban ante las llamas. Hombres y mujeres desnudos tocados con extraños sombreros y máscaras besaban los pies de Vicente que, también desnudo y con toda la cabeza forrada de mimbre entonaba una especie de salmo en una lengua desconocida y gutural. Nora lanzó una ráfaga de tomas con la cámara y esperó escondida por si el sonido les había alertado. De pronto, Vicente calló y con él toda la comitiva. Nora lanzó una mirada preparándose para salir corriendo, pero no era ella el motivo del silencio, todos miraban hacia una gran nido donde Jorge, en claro estado de trance, se acurrucaba dando calor a unos huevos de color negro y del tamaño de balones de fútbol; estos empezaron a palpitar y se abrieron dejando salir a unos bebés con espeso pelo negro, boca rasgada y sin labios, nariz en forma de pico de pato…Todos se inclinaron hasta tocar el suelo con la frente ante esos engendros. Culos de todas las edades y formas brillaban obscenos bajo la luna llena. Los bebés empezaron a lanzar una especie de llanto-aullido insoportable; Jorge, con la mirada perdida acercó sus dedos hacia ellos y estos comenzaron a alimentarse.

Nora comenzó a correr en la noche con la cámara aferrada entre las manos como si toda su vida futura dependiera de las fotos tomadas en esos instantes de locura porque, si llegaba salvarse, esas imágenes serían la salvaguarda de su cordura.

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