Anuncio por palabras

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*Este texto fue encontrado en los antiguos archivos del periódico. Por razones obvias, nunca se publicó en la sección de anuncios, pero su contenido es tan insólito como su petición, así que hemos decidido publicarlo en la nueva sección “Historias de nuestros lectores”. Sin duda han pasado muchos años, pero deseamos que este señor encontrara a su “vaca Marieta”

*Nota del editor.

Escribo estas líneas con un “para” y un “porqué”. El “porqué”, o sea, la razón por la cual las escribo es la de hallarme en mis postreros días de vejez y el “para” es para no morir por falta de olor a sexo de mujer. Tengo mis razones para semejante disparate: La primera es que siento una gran afición por el bello sexo; y la segunda es que unidos a la rareza de mi carácter, hay por ahí algún que otro trauma infantil que aún clava sus pequeñas y encantadoras garras de monstruito en mis noches insomnes y atormentadas, de modo que, para información del lector, intentaré desgranar mis recuerdos.

Nací y me crie en esa España callada y somnolienta de la posguerra, claro que callada y somnolienta era para los que, como yo, pertenecían a la burguesía acomodada y gentil de una Barcelona que poseía el mágico encanto de los retratos en color sepia. Para el resto, que eran la mayoría, esa España era hambruna, muerte y días sobre días pintados siempre de un agotado color gris.

Maruxa, mi aya, una gallega con alma andaluza, era para mí el refugio que toda madre debe ser para sus hijos, ya que la mía, se mostraba tan inaccesible y lejana como una torre inexpugnable y pétrea, resistente a cualquier intento de acercamiento por mi parte ya fuese cariñoso o no. Porque si ante mis rabietas infantiles se limitaba a ignorarme haciendo oídos sordos hasta que no aguantaba más y desaparecía, cuando intentaba acariciar su rubio cabello, siempre recogido en la nuca, musitaba:

-“Para, no seas sobón” –

 Y poniéndose en pie me miraba de aquella forma que yo tanto odiaba. Porque no me miraba viéndome, sino que miraba a través de mí hacia un punto lejano, y entonces sentía yo un gélido viento que me empujaba y me hacía caer de la torre-madre con una terrible sensación de vértigo que desaparecía cuando aterrizaba en el regazo de mi Maruxa, hundía mi cara entre sus pechos y acariciaba una y otra vez su pelo negro como la noche que tenía el perfume cálido de la cuajada fresca con miel caliente.

 Mi padre murió joven y de improviso. Jaime Campoviejo i Solà era moreno, bajito. Su forma de andar era pausada, aunque ágil y se podría decir que pizpireta. Nadie se vio venir ese fin tan anticipado y fue una verdadera conmoción para todos, bueno, menos para mamá, que nunca perdía la compostura. Ahora, con la perspectiva que dan los años, vislumbro que Maruxa además de ser mi refugio, lo era también de mi padre, aunque de una manera menos casta. En los días que precedieron a su muerte, ella era y actuaba como la auténtica viuda. Andaba por casa con el pelo despeinado y los ojos enrojecidos e hinchados de tanto secarlos a restregones con su pañuelo:

-¡Cómo echaba de menos al señor! – decía entre hipidos

 Mi madre, sorprendentemente, la consolaba con verdadero mimo mientras le susurraba al oído que no hiciera tales aspavientos delante de las visitas. Creo que era su forma de agradecerle el haber ocupado su lugar en las apetencias de papá, ya que ella no era dada a demostraciones de afecto, al menos con nosotros. Sinceramente pienso que papá salió ganando con el trueque. Seguro que sus noches con Maruxa fueron cálidas y fragantes. Seguro que hundir la cara en su pelo se asemejaba a aspirar el suave perfume de un campo de lavanda al atardecer y que la tibieza de sus muslos nunca te dejarían caer, sino que te posarían suavemente en el suelo después de haberte acunado con el reconfortante cabeceo de un barco que te trae de vuelta a casa.

Contaba yo doce años y el mundo empezaba a presentárseme de una manera distinta y feroz, Por aquel entonces la canción de “El Emigrante” sonaba en todos los hogares y en todos los transistores. Todo el mundo la cantaba con más o menos acierto y Maruxa no era una excepción. En una parte de la letra, el cantante afirmaba entre gorgoritos “me voy a hacer un rosario con tus dientes de marfil”

 – ¿Con los de quién? – Pregunté a Maruxa una mañana fría y gris de noviembre

-¡Pues con los de su novia!

 Atónito me quedé. En mi mente se dibujó la imagen de un marinero algo gañán que decía adiós desde el barco agitando una sarta de dientes en la mano, mientras en el puerto, una novia afligida y desdentada lloraba sin consuelo.

-Pues vaya hijoputa – afirmé indignado

-¡Niño, te voy a restregar la boca con ajo! ¡Corre de aquí!

 Y corrí. Dando un portazo salí de casa. Nada más pisar la calle, la portera del edificio contiguo al mío me agarró por el jersey y dando un tirón hacia atrás me retuvo en su portería.

-¡Shhh, mira, mira lo que ocurre!

En mitad de la calle un hombre enflaquecido, desnudo y tremendamente velludo bailaba acompasado el “Baile del Garrotín”. El respetable, formando corrillo a su alrededor, reía señalando al sujeto con el grosero dedo índice y el infeliz cada vez complicaba más su coreografía agitando su cuerpo y cantando a voces. Yo ya casi estaba a punto de bailar la tonadilla cuando aparecieron los guardias, redujeron al bailarín de mala manera y lo tiraron bocabajo al suelo. Hubo gritos y alguna que otra porra midió las costillas del pobre hombre que aullaba de dolor. Cuando se lo llevaban esposado, alguien, un buen samaritano, trajo una manta para cubrir su desnudez y un funcionario mal encarado gritó a los allí reunidos que se dispersaran.

Todos se retiraron en pequeños grupos comentando lo ocurrido, la tenaza de la portera me liberó y sin pensármelo dos veces, me acerqué a una mancha parduzca que lucía en la acera, allí donde habían tenido de bruces al protagonista de aquella insólita aventura, y pude comprobar que se trataba de sangre y babas y, en medio de ellas, unos cuantos dientes. Al verlos allí, abandonados, una sensación de tremenda orfandad, de soledad insalvable y silenciada me embargó entrando por los pies y llegando de manera súbita a la cabeza. La sensación fue como cuando una ola impetuosa te revuelca en la orilla llenándote la cabeza y los bañadores de arena y espuma. Aún no sé por qué los recogí y me los guardé en el bolsillo, pero a partir de entonces los dientes iban siempre conmigo, en el pantalón. Me tranquilizaba oír su leve cloqueo al andar y si la cosa se ponía fea, solía pasearlos entre mis dedos enfundados en los bolsillos del pantalón, era casi mágico. Solía imaginarme a mí mismo como un Caballero Templario que poseía las reliquias de un mártir, quizá por esto, o porque tenía que ser así, cambió algo mi carácter, más bien se acentuó. Buscaba la soledad en un colegio lleno de carreras, gritos y bromas de impúberes con sombra en el bigote y granos en la frente. Gustaba de la oscuridad y la humedad de la capilla, del silencio de la biblioteca y del rumoroso acento de la fuente del claustro.

Una mañana, en clase de geografía y bajo la atenta mirada del padre Gomariz, que ya me tenía, debido a mi actitud contemplativa por un futuro seminarista, fui conminado a señalar las cordilleras de la Península Ibérica. Y allí, de pie ante el mapa, sin la posibilidad de poder acariciar mis preciadas reliquias, ya que para responder a las preguntas de los profesores debía mantener las manos detrás de la espalda, y sudando por unos nervios que era incapaz de controlar, ocurrió la catástrofe: Solo podía recordar la canción de “El Emigrante”, y mis ojos en vez de ver el mapa a color, únicamente visionaban los dientes del loco en medio de un charco de sangre y babas. Comencé a temblar y de ahí pasé al llanto. Era un llanto con vida propia. Yo no lo dejaba salir, fluía solo, quemando la garganta y la cara. Veía a mis compañeros distorsionados por las lágrimas de modo que ellos mismos parecían temblar y arremolinarse unos con otros mientras asistían a mi desconsuelo. Más tarde me dijeron que farfullé algo sobre unos dientes antes de caer desmayado.

A partir de aquí  mi vida cambió para siempre. Mi madre, que antes no me miraba, lo hacía ahora como si yo no fuese un niño, sino más bien una fuente de problemas de la que quería permanecer alejada no vaya a ser que se despeinara su impoluto moño del color del trigo. Ella y el doctor Vilamura hablaban de mí (y delante mía) en susurros; el galeno se mesaba unas barbas chivunas mientras peroraba y dejaba deslizar su mirada libidinosa por las piernas de mamá, ésta arrugaba se deliciosa naricilla y me miraba de reojo, yo me encogía en el gran sofá de cuero aplastado por una culpa que nadie se molestaba en disipar, así que cuando el doctor me preguntó si me gustaba el aire libre, los paseos bajo el sol y los productos de la huerta catalana, dije que sí, y viendo la sonrisa de mi madre hasta me permití unos saltitos de alegría.

De esta forma quedó sellado mi destino, en breve saldría de Barcelona para residir en la masía de la familia. Allí viviría al cuidado del tío Gervasio, el hermano soltero y quizá masón de mi abuelo, hombre casi centenario que había morado siempre allí sin más compañía familiar que la de un perro tan anciano como él.

 Maruxa lloraba al preparar mi equipaje y me acariciaba el pelo al pasar junto a mí, pero ya no me consolaba como antes solía hacer. Creo que me había cogido un poco de miedo ya que albergaba la absurda idea de que los dientes se los había arrancado yo a algún cadáver. Debía de pensar que, a mis doce años, era una especie de profanador de tumbas que, por las noches, sobre todo las de luna llena, me escapaba hasta el cementerio con una pala al hombro, unos alicates mohosos y una sonrisa de oreja a oreja que dejaba ver lo loco que estaba. Alguna vez la pillé observándome con cara de honda preocupación. Nunca me molesté en sacarla de su error. En mi interior me regocijaba con la idea de ser un loco peligroso.

Por otro lado, fue un alivio alejarme del colegio. Desde aquel ignominioso episodio los padres jesuitas me daban interminables charlas todos los viernes. Hablaban en términos que no llegaba a comprender muy bien de la salvación de mi alma inmortal, de los pecados, de la putrefacción de la carne y del peligro de caer en manos del locuaz y hábil Belcebú. La chiquillería general se entretenía a mi costa ideando mil y una bromas que llevaban a cabo durante los recreos o cambios de clase y, no sé qué idea se habría forjado Blanquet sobre mí ya que, cada vez que iba a los servicios, éste me esperaba en una esquina cualquiera y siempre que no hubiera nadie más, me mostraba un pene blanco y fofo que sostenía entre sus roñosos dedos a la vez que resoplaba entrecortadamente y sudaba por el bigotillo con la mirada vidriosa. Las primeras veces que esto ocurría me daba la vuelta alarmado y aguantaba las ganas de orinar hasta llegar a casa. Después simplemente ignoraba al futuro exhibicionista (seguro que acabó como tal en plazas, parques y jardines) pasaba junto a él simulando que no lo veía, hacía lo que tuviera que hacer y me marchaba despacio, sin mirar atrás.

Mi llegada a Can Perera se produjo después de las fiestas navideñas El viaje lo hicimos Maruxa y yo en el coche familiar, llegamos a San Bonifacio y el conductor, muy digno él, dijo que ahí acababa su trabajo, que ni él ni el Rolls se aventuraban por ese camino de cabras y, al decir esto señaló con la barbilla a una vereda que se perdía serpenteante y empinada entre huertos y cañaverales. Dicho esto, fue engullido por el coche y se alejó de allí dejando escapar una nubecilla de humo azulado.

-No te preocupes – dijo Maruxa -ahora vendrá un payés a recogernos

  Y aún no había acabado la frase cuando un carro tirado por un mulo se paró ante nosotros.  Maruxa comenzó a hablar con el conductor del carro. Yo mientras tanto me dediqué a contemplar la fisonomía del cuadrúpedo cuyo pelaje brillaba con el sol de la mañana. Despacio posé mi mano en su costado y pude comprobar su poderosa respiración, el latir de su sangre y un ligero temblor que recorría como a espasmos su musculatura. De pronto levantó el rabo y dejó caer unas boñigas silenciosas y olorosamente tibias que a nadie pareció importarle así que yo, tras un leve titubeo, me dediqué a darles con la bota hasta deshacerlas.

Una vez subidos al carro emprendimos la marcha hasta la masía, Maruxa no paraba de rezongar por lo incomodo del viaje, pero yo, arrullado por el vaivén del trote mulero disfrutaba como nunca devorando un pan con butifarra y tomate que sabía a gloria y cuyas migas recogía a fin de dárselas al par de pollos que también viajaban con nosotros encerrados en una jaula. Uno de ellos en su afán devorador propinó un picotazo a la pantorrilla de Maruxa destrozándole la media y haciendo que ésta soltara un juramento, casi me atraganto con la risa, así que echando mano de la bota de vino que el payés me ofrecía me la adosé al morro. El vino, oloroso y áspero, deshizo el nudo y arañó mi garganta, una vez aposentado en mi estómago subió a la cabeza e hizo que todo pareciera más real, más vivo y coloreado.  Los cascos del mulo tenían una cadencia rítmica y las ruedas del carro dejaban al pasar una estela de polvo que subía rauda a un cielo muy azul y cercano. Las huertas y los vallados se sucedían en una heterogénea procesión mientras las gentes del lugar se asomaban a vernos pasar y algunos perros nos perseguían durante un trecho lanzando al aire sonoros ladridos. De pronto me erguí cual alto era, y dando bandazos de marinero beodo expuse en voz alta que me iba a dormir. Me acomodé en el suelo del carro, entre los pollos y las piernas de Maruxa y cerré los ojos. Antes de caer dormido escuché la carcajada franca, estentórea del payés y recuerdo que una especie de calorcillo me embargó, quizá estaba feliz de oír a alguien feliz.

Can Perera reposaba sumida en una hondonada. Debían de ser las once de la mañana cuando llegamos pero, por su posición, el sol aún no había despejado las brumas que parecían surgir de la blanca masía. Mi viaje había terminado. El payés abandonó de un salto el estribo y se adentró en la propiedad. Maruxa y yo, cargamos con mi equipaje hasta la casa que estaba casi a oscuras, nadie salió a recibirnos. Subimos hasta mi habitación y ambos nos miramos sin saber qué hacer

-Es que su tío duerme hasta el atardecer… por el asma- aclaró Maruxa- Usted ahora descanse… duerma un rato. Yo debo irme ya o perderé el tren.

Dicho esto mi, hasta entonces niñera, salió. Yo me quedé allí de pie, en medio de una habitación que de repente se había quedado fría como un iglú de esos que salían en los tebeos, oyendo cómo el carro se ponía en marcha, cómo las ruedas chirriaban en el empedrado del camino y cómo los resonantes y acompasados cascos del mulo se llevaban a Maruxa, a quien ya no volvería a ver jamás.

Dediqué el resto del día a deambular por la masía. Visité el ruidoso gallinero, descubrí las cuadras donde, quizá en otros tiempos, hubo muchos caballos, pero ahora solo albergaba al mulo. De pronto me sentí muy triste y aguantando las ganas de llorar corrí hacia los árboles. Debieron de pasar varias horas cuando al fin me encontró Pepet, iba acompañado del viejo perro de mi tío que se lanzó sobre mí y comenzó a lamer mi cara limpiando todo rastro de llanto. Lo dejé hacer aliviado para que el payés no pensara que era un llorica y con la cara húmeda de babas perrunas enfrenté su mirada. Pepet me contempló largamente y por fin sonrió, dejando ver el relámpago blanco de sus dientes entre los que sostenía una brizna de hierba seca. En silencio volvimos a la casa.

Tras asearme y ponerme una camisa limpia, bajé a comer. Sobre la recia mesa de la cocina me esperaba una tortilla de patatas, medio vaso de vino y una naranja ya pelada; hambriento engullí todo el banquete y seguido del perro salí al frescor de la tarde ya oscurecida. Por la vereda, una muchacha venía cargada con dos cubos de agua, al verme allí se asustó, derramando parte de su contenido, el agua mojó sus pies descalzos

-Lo siento- acerté a decir y ella, exhalando un profundo suspiro, dejó los cubos a cada lado y sin dejar de mirarme con unos ojos grandes y negros, se desató el delantal y, parsimoniosamente, con exquisito mimo, se los secó con esmero. La cosa hubiera quedado elegante de no ser por los manchurrones que debido a la mugre de sus pies lucía ahora el delantal que, como si tal cosa, volvió a ponerse de nuevo.

-El ama de llaves ya ha bajado al pueblo- colocó los cubos al amor de la lumbre- No volverá hasta mañana.

Cuando ya salía, desde la puerta que daba al patio me lanzó una mirada de lo más sospechosa. ¿Qué otra cosa podía hacer? Conté hasta cien y la seguí.

Me aposté detrás del gallinero para ver dónde iba, pero el gallo corrió en un revuelo de plumas a sacar su afilado pico entre el enrejado para clavármelo en la espalda. El ruido que siguió a la refriega hizo que Marieta, así se llamaba la muchacha, parara su andar ligero y mirara alrededor para cerciorarse de que nadie la seguía. Cuando pude retomar la misión ya no la divisaba y me disponía a marcharme cuando observé que, en el piso superior de la masía alguien también miraba, su silueta se recortaba clara en la ventana tras los visillos y permanecía inmóvil, absorta en la contemplación. Seguí la dirección de esa mirada: Miraba a la parte de alta de la cuadra, así que entré en ella, no vi a nadie, pero se oían susurros y roces provenientes del falso techo donde se amontonaba heno. Subí la escalera esperando que no crujiera bajo mi peso, con el corazón golpeándome el pecho y de esa forma pude ver lo que la figura de la ventana a su vez veía: Una Marieta, puesta en pie, se bajaba por los hombros la amplia camisa blanca, se la enrolló en el vientre ofreciendo la visión de unos pechos pequeños, en forma de pera. Ella también miraba desafiante a la figura de la ventana que quedaba justo enfrente y debido a que el pajar por esa parte carecía de pared, la visión debía de ser total, iluminada sabiamente por un quinqué. Levantó los brazos redondos y su piel relampagueaba de blanca. El pelo de su axila era un borrón en la nieve, se colocó de espaldas y comenzó a bajarse la falda. La dejó caer a sus pies y por un momento quedó cara a mí desvelándome por vez primera el misterio del cuerpo de una mujer, la impresión fue tal que por poco caigo despatarrado de la escalera, así que me agarré con más fuerza y desvié la mirada a fin de recobrar algo de compostura, pero me topé con la mirada de Pepet que, con una sonrisa maliciosa y después de guiñarme un ojo se acercó a Marieta.  La besó como en las películas, pero con más ansia, diríase que quería robarle el aliento, devorarle los labios. La agarraba por los hombros y deslizaba las manos por todo su cuerpo, se detenía en los pechos y reía mientras Marieta echaba hacia atrás la cabeza. Lentamente, sin dejar de acariciarla la volteó situándola de nuevo cara a la ventana, la muchacha se acomodó sobre pies y manos y volvió a mirar hacia la silueta de la ventana. Entonces Pepet la montó, y digo montó porque allí, entre el heno y el olor tibio a estiércol de caballo se asemejaban a animales libres de toda inhibición, libres de toda atadura y Marieta mugía como una vaca levantando al cielo su boca y dejando escapar la vaharada caliente de su aliento, y Pepet mugía como un toro y su cuello brillaba por el sudor y yo, que a esas alturas me parecía estar dentro del laberinto del Minotauro asistiendo embobado a sus noches de ofrenda, caí desmayado.

Desperté en mi cama. Marieta refrescaba mi cara con una toalla húmeda. Yo no sabía muy bien cómo actuar ni qué decir, pero la muchacha me tranquilizó con una amplia y joven sonrisa

-Le ha caído muy bien a su tío-  Me hablaba suave, como en un arrullo – Mañana lo conocerá, está deseando hablar con usted.  Yo le quiero mucho ¿sabe? Y esto que hago, vamos, lo que ha visto usted, lo hago por él. Su tío no para de decirme ¡Marieta, Marietilla, haz que mi corazón lata, no dejes que muera de aburrimiento! ¡Y es tan bueno y le suben unos colores a la cara cuando me ve con Pepet que…! Después, vamos, cuando Pepet y yo terminamos, subo a su habitación y dejo que me huela un rato…solo hace eso, olerme todo el cuerpo y entonces le brillan los ojos y canta y come con más apetito-

Yo, como no sabía qué decir ante tal avalancha de información sonreí estirando los labios lo mayor posible y enseñando mucho los dientes, Marieta quedó un poco confundida, pero con una mano me alborotó el pelo y me besó en la frente. Antes de salir me dijo:

-Al ama de llaves de esto ni muuu.

 Y al decir esto volvió a ser la vaca Marieta y decidí que iba a ser muy feliz, porque allí no era yo el único que tenía secretos.

A partir de entonces mi vida discurrió de una forma poco ortodoxa, pero llena de todo aquello que hasta ahora me ha hecho ser quien soy. De la mano de mi tío y bajo su tutela me convertí en un verdadero erudito que no es más que aquel que estudia con ahínco por el placer del conocimiento, ya que al convertirme en su único heredero, la lucha por el peculio diario no formaba parte de mis preocupaciones.

El tiempo pasó presuroso y aquí me hallo con 84 años en una masía que ya no es la misma, con un corazón perezoso que a veces quiere dejar de latir. Por eso busco a una Marieta a la que no le importe transmutarse en vaca de vez en cuando, pero creo que, como anuncio por palabras, esto me va a costar un pico. Interesadas pónganse en contacto conmigo, el periódico les facilitará mi dirección.

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