
El día que la tía Ana bailó sobre la mesa de la cocina aprendí una gran lección, claro que entonces era muy pequeña para valorarla, pero hoy la atesoro en mis recuerdos como uno de los momentos más importantes de mi vida.
Era un mes de noviembre recién estrenado. Tras un octubre lluvioso, el patio de casa lucía pródigo en colores ocres y verdes. La gran morera que daba sombra al pozo era un estallido de frutos morados, de rumor de viento con acento extranjero que brisaba los labios y hacía lagrimear los ojos. Era el viento del norte, que de vez en cuando nos visitaba y obligaba a las lagartijas que habitaban en los resquicios del muro, a tumbarse al sol del mediodía con sus patitas y cola extendidas, con sus ojillos negros siempre alertas, dejando que mi hermano y yo pudiéramos preguntarnos sobre el misterio de sus vidas; el misterio que les permitía huir dejando tras ellas sus colas amputadas que seguían retorciéndose, sin llegar a comprender que habían sido abandonadas.
La tía Ana llevaba casi un mes viviendo con nosotros. Ambas, la tía y yo, compartíamos la habitación de en medio que era la más grande y también la más oscura. Al principio no me gustó la idea, prefería dormir con mis hermanas en el cuarto del fondo que tenía una gran ventana por donde se veía el patio y papel pintado en las paredes. No entendía por qué tenía que dormir con ella
-¿Qué importa que mi hermano sea un varón?- preguntaba a mi madre- ¿Qué tiene que ver?
Pero pronto me acostumbré a su cariñoso beso antes de apagar la luz y a dormirme escuchándola rezar el rosario, pasando las cuentas entre sus dedos. Ni siquiera me importó cuando mis hermanos me contaron que a la tía Ana la visitaban los espíritus y que ese era el motivo por el que estaba sola en el mundo, al contrario, cada noche me sentía valiente y decidida al notar sus miradas, mientras yo, muy tiesa, me iba a dormir con ella.
Pasadas la navidades, el silencio que siempre imperaba en casa durante las comidas se había hecho más grande. Era este un silencio sonoro, silente en palabras y ruidoso en el rascar del cuchillo al cortar la carne, en las bocas que sorbían las cucharas, en el crujido del pan cuando las manos lo pellizcaban y en el golpeteo de sus migas al caer sobre el hule de la mesa. Yo me preguntaba si nadie más notaba esa sensación, ese pitido en los oídos que daban ganas de gritar, de zapatear fuerte contra el suelo, de hacer preguntas en voz alta y exigir respuestas; sin embargo solo me dedicaba a mirar fijamente a mi padre, este, notando mi mirada, solucionaba el asunto pellizcándome en la mejilla y empujando el plato hacia mí; «come», decía su gesto, y yo comía perdiéndome entonces en mi mundo, contando los garbanzos del plato, columpiando las piernas bajo la mesa o rascando disimuladamente las postillas resecas de mis rodillas.
Fue un lunes cuando sucedió. Estábamos comiendo puchero y toda la cocina estaba envuelta en el suave aroma de la hierbabuena. La tía, como era diabética, comía un plato de acelgas con sus enormes pechos descansando sobre la mesa y, de pronto, el bastón con el que se ayudaba al caminar, cayó al suelo con gran estrépito haciendo que todos la miráramos y ella, con la mirada fija en la pared, se inclinó sobre la mesa y de una brazada tiró todos los platos y vasos que estaban a su alcance abriendo un camino. Se puso en pie, subió a la silla y de la silla subió a la mesa, donde comenzó a bailar de puntillas con una agilidad sorprendente. ¡Era increíble, la tía Ana, esa señora tan mayor y tan gorda hacía piruetas como una bailarina experimentada! Aún no sabíamos bien qué ocurría cuando dejó de bailar y empezó a cantar con una voz aflautada, como de niña pequeña o de señora repipi. Papá se levantó tan de repente que la silla cayó hacia atrás, esto hizo que la tía dejara de cantar y bailar y se limitara a mirarlo sonriendo y sin pestañear. La situación era escalofriante.
-¡Haga el favor de bajar de ahí!- decía papá apretando los dientes- ¡Haga el favor, que está asustando a los niños!
-¡No!- Contestó la tía esta vez con voz clara y potente.
Mi padre no tuvo más remedio que agarrarla por las faldas y tirar para bajarla; rígida como un palo, la tía cayó sobre él y papá resollaba por el esfuerzo intentando abarcarla para depositarla en el suelo; las venas se le marcaban en el cuello y mamá lloraba bajito abrazada a una de mis hermanas. Una vez acostada sobre el suelo, la tía comenzó a respirar con dificultad y, ante el intento de mi padre de desabrocharle los primeros botones de su camisa, se sentó.
-¡No la toque, ella no tiene la culpa, así que no la toque!- habló nuevamente- Los culpables están ahí- y señaló las puertas del armario bajo el fregadero.
-¡Aquí no hay nadie!- gritó papá fuera de sí- ¡Solo hay botellas vacías!
-¡Carajos y coños!- Gritó más fuerte la anciana- ¡Carajos y coños!- repitió más bajito pero marcando con fuerza cada sílaba, dicho lo cual se levantó, y sin la ayuda del bastón, entró en su cuarto.
El episodio se salvó con más silencios, hicimos como si no hubiese pasado nada, pero a mí, el corazón me galopaba en el pecho aunque no era miedo, más bien me sentía transportada por un extraño júbilo.
Transcurridas exactamente dos semanas, la tía se mudó a una casita de alquiler a unas calles de la nuestra. Era una vivienda muy pequeña, se trataba de una habitación con cocina y un retrete más lavabo que se ocultaba tras una alegre cortina, pero lo mejor de todo era el patio, con suelo de piedra y vallado de tela metálica de esas que se ponen en los gallineros. Las macetas de geranios y claveles colgaban de ella arremolinándose en fragancias y colores. Una gran mecedora de madera oscura con un precioso y mullido cojín invitaba al balanceo, y allí, cuando mi madre iba a visitarla, yo pasaba largas tardes de verano, respirando una libertad que no entendía, pero que me llenaba de esperanza.
Con los años entendí que siempre se puede escapar o, al menos intentarlo.
Libertad, mi sola amiga
Cuando era un inocente
Y creía que la gente
Era toda amiga mía.😜
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Exactamente. Gracias por tu comentario
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Una forma muy original de reivindicar la libertad.
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Gracias lanzarote65.
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Me ha encantado recordar esta historia. Ha sido como si estuviese presente ese día. Gracias tita!!
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Gracias cariño
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Me ha gustado mucho.
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Muchas gracias. Siempre un placer.
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Es la primera vez que entro a leer este blog, y menudo comienzo, Waoooo que pasada de historia,y que miedo😅, desde luego una verdadera anécdota para recordar.
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Muchas gracias por tus amables palabras y muchas gracias por leer. 😊
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Es la primera vez que entro a leer este blog, y menudo comienzo, Waoooo que pasada de historia,y que miedo😅, desde luego una verdadera anécdota para recordar.
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Fabuloso, me has transportado al pasado, gracias .
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