Escribir

Contar una buena historia es como hacer bien el amor. Cuando se escribe sin complejos y se folla sin complejos, siempre quedan ganas de repetir. Esta máxima se repetía a sí mismo como un mantra; claro que esta visión del asunto era totalmente subjetiva y unilateral, porque, ¿Cómo documentar esta afirmación? ¿Debería interrogar a sus eventuales parejas sobre la calidad de su desempeño amatorio? ¿Debería después, y solo en caso afirmativo a la primera cuestión, leerles algo de lo que escribe?

-Quizá- le susurró la voz cínica y destructora de siempre- quizá deberías haber sodomizado al tío de la editorial antes de mostrarle tu trabajo.

Rio por lo bajo imaginando la escena, pero la duda comenzaba a ganar terreno de nuevo, y esta vez se presentaba con la imagen de una gran pancarta blanca donde la palabra «FRACASADO» aparecía escrita en mayúsculas de un color rojo intenso y , de nuevo, copaba su visión del mundo. Suspiró tan hondamente que la señora mayor sentada frente a él en el metro, le dedicó una sonrisa de ¿consuelo, solidaridad? de no sabía qué, pero que lo irritó profundamente.

-¿Qué sabrás tú, vieja cotorra?- quiso gritar la voz- ¿Qué sabrás tú del sufrimiento que produce tener un único pensamiento, un único objetivo tras el cual corres comiendo el polvo y la mierda del camino?

Esto lo pensó mirando fijamente a la mujer dándose cuenta que esta, algo incómoda, esperaba algún gesto de complicidad por su parte; le devolvió la sonrisa y se colocó los cascos para oír música, dejando claro que no estaba dispuesto a entablar conversación, aborrecía ese tipo de confidencias entre desconocidos que, según pregonaban los manuales de autoayuda, eran un «bálsamo para el alma». Si algo había aprendido era que no podía mostrarse por entero a nadie; como tantas veces le repitió su madre, había que saber nadar y guardar la ropa a un tiempo. Él no sabía nadar y tenía un gusto pésimo para vestir, así que adquirió un pesado abrigo de cinismo. No sería el rey de las fiestas, pero estaba a salvo de dentelladas.

Durante el segundo curso de Universidad conoció a Lola o, mejor dicho, ella lo conoció a él. Sin mediar palabra se sentó a su mesa y le miró a a los ojos mientras le sonreía abiertamente. Pequeñita y morena era una de esas personas hecha de energía e ilusión a partes iguales.

-¿Qué haces?- preguntó

-Escribir- fue su absurda respuesta.

-¿Ahora o en la vida?

-Siempre- dijo él dándose cuenta de que aquello era totalmente cierto. Ambos rieron, tomaron cervezas y continuaron riendo el resto de la noche.

A las dos semanas compartían un apartamento en al ciudad universitaria. A los cuatro meses ella le reprochaba su falta de interés por el mundo. ¡Ella estaba terriblemente comprometida con el mundo!

-¡Al contrario!- se defendía él cuando Lola le atacaba por ese flanco- estoy muy comprometido con el mundo, por eso escribo.

Le explicaba que, en el mundo, en la vida, hace falta todo tipo de personas. Las proactivas y activistas como ella y los que, como él, construían un mundo con palabras desprovistas de todo disfraz para poder avanzar mirándonos en ese espejo que nos da la literatura. Durante un tiempo ella le creyó y, cuando de nuevo estallaba el conflicto, él volvía a esgrimir su defensa, defensa cada vez más hueca y menos apasionada.

-¡Escritor!- le gritó Lola la última vez que se vieron- ¡Escritor, guía, pensador! ¡Yo te diré lo que eres: Eres un gran cínico!

Lola acababa de descubrir su pequeño secreto. Su «gratificante» trabajo como voluntario en el Teléfono de la Esperanza, no era más que una sucia treta, una herramienta de la que valerse para construir historias, perfiles de personajes y saber de situaciones de las que nutrirse.

-¡Caníbal de sentimientos!- también le llamó antes de dar un portazo y salir de su vida para siempre.

Pasado el tiempo lo que más recuerda no es el dolor por el abandono ni la ausencia de Lola en todos los momentos vividos después de su marcha. Lo que más recuerda es su total aquiescencia con ella a la hora de calificarlo como un gran cínico y, que la sentencia escupida «Caníbal de sentimientos» se convirtió en el título de uno de sus mejores relatos…

Capote, Capote y su «A sangre fría» fue su defensa para hacerlo, recordó. Otros nombres de autores consagrados le animaron también

-Nada de escrúpulos- le decían- describe una realidad libre de barreras, libre de sentimentalismos, de buenismos. Huye de lo políticamente correcto. Lucha contra ti mismo y cuídate de que gane el escritor. Y en eso puso todo su empeño.

Un escritor escribe cuando come, cuando pasea, cuando observa a esa pareja de mediana edad que van de la mano por el parque y a él se le van los ojos tras una niña de apenas quince años y tú, tú escritor, percibes ese brillo en su mirada y lo conviertes en palabras, lo conviertes en una realidad paralela que puede no ocurrir nunca y, sin embargo, pasa todos los días. Un escritor saborea el amor, el odio, el dolor, lo repugnante, lo sublime… Y todo esto lo hace mientras debe vivir día a día con las incongruencias de ver, o imaginar, más allá de lo que se nos muestra. Volvió a suspirar.

-¿Cómo dice?- preguntó la señora

-Esta es mi parada- Sonrió- Buenas tardes señora

Salió de la estación. El metro lo dejaba a escasos cincuenta metros del asilo donde, como trabajador voluntario, leía a ancianos solitarios, deseosos de charlar de lo que fuera con quien fuera. Raimundo era un señor muy interesante, pensó, hoy le preguntaría por su juventud y lo dejaría vagar por la telaraña de sus recuerdos.

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