
Carlos cayó de rodillas, lo dejaron caer en una habitación totalmente blanca. Estaba desnudo y aturdido. Con la boca abierta miraba alrededor intentando comprender, intentando atrapar unos recuerdos empeñados en desaparecer. Sacudía brazos y piernas, notaba algo parecido a una bandada de pájaros posándose sin cesar sobre él. Sentía sus patitas frías, de uñas afiladas, hincándose en su carne. Carlos quería desesperadamente zafarse de ellos, pero éstos emprendían su vuelo invisible y volvían a posarse en sus brazos, sus piernas, en su cabeza…
La Voz habló:
-Es necesario que reces durante tres días y tres noches el Decálogo Sagrado. Debes ayunar y debes pedir clemencia a los Padres del Nuevo Mundo. Ellos sabrán, por tu sacrificio, si tu entrega es auténtica.
De nuevo se hizo el silencio.
Carlos se acostó en el suelo. Comenzó a rezar, le costaba decir la letanía tantas veces repetida porque la duda también comenzó. La duda era una mancha negra que se extendía borrando todo a su paso. ¿Cómo luchar contra ella, cómo?
Apenas dos días antes lo habían conducido hasta el Conocimiento Supremo. Fue muy feliz cuando le implantaron la raíz Gloriosa que lo conectaba en mente y alma con los Elegidos. No le importó, ni lo dudó siquiera; su mente pasó a formar parte del Órgano que todo lo sabía. No tenía nada que ocultar y sí mucho que aprender. Tenía tantas preguntas…
Desde que el Culto Unitario se institucionalizó, el mundo quedó en calma. La humanidad dejó de buscarle sentido a la vida y entonces el Hacedor de esa calma mostró su rostro y se sentó en su trono para hablarnos como lo haría un padre, aconsejando, guiando, resolviendo en su inefable sabiduría.
En esta nueva sociedad, cada familia tenía en casa un receptor que lo conectaba directamente con el Creador y, cualquier problema, podía ser resuelto en lo que tarda un «clic». Pasado un tiempo, el receptor fue sustituido por el Chip Glorioso que cada individuo lleva inserto en su hipotálamo. Así Todos tienen la misma energía, los mismos ciclos circadianos, el mismo comportamiento sexual. Claro que a veces ocurrían accidentes y morían algunos. Hubo incluso que desestimar, por inapropiados, a poblaciones enteras y, cuando esto ocurría, todo el mundo, bajo la atenta mirada del Creador, lloraba y se lamentaba ante los ataúdes puestos en fila, cubiertos con la esplendorosa bandera del Nuevo Mundo.
Carlos recordaba todo esto mientras rezaba y, para reafirmarse ante la insidiosa duda que lo acechaba, se reafirmó en su ser; él era un individuo de primera categoría: su correcta anatomía, su total negación de la tristeza mostrando siempre una ancha sonrisa y su total entrega al Culto Unitario hacían de él un candidato idóneo para cualquier misión que el Hacedor le encomendara. Cuando formó parte del Consejo de los Doce Elegidos (el más anciano había muerto en brazos del Creador) se sintió bendecido. Esa noche lo condujeron a la Sala de los sueños Gravitatorios, bebió de la Copa de Éter y flotó sobre los espacios de mundos desconocidos. Al amanecer una sensación de poder embargaba sus sentidos, su mentor le informó que eso formaba parte de su nueva condición:
-Este poder- le dijo- será para ti como el aliento del Creador que te enseñará cómo impartir justicia.
Más tarde, vestido con una blanca túnica entró al Recinto Sagrado; era ésta de suelos espejados y tenía por techo al universo mismo. Uno a uno, los once miembros de los Elegidos le besaron en la boca y se marcharon sin hacer ruido. Ya estaba preparado para ver al Creador, para regocijarse en su celestial rostro, para oír su voz no en su cabeza sino rodeándolo en un amante abrazo, y cuando las cortinas se apartaron, aquello quedó al descubierto.
Al principio no lograba comprender qué pasaba, no entendía por qué estaba frente a un gigantesco ordenador rodeado de espejos que multiplicaban su imagen. Intentó buscar la conexión mental con los Once
-¿Qué ocurre?- gritó en su cabeza y entonces la Voz habló, le dio la bienvenida y entró en su cerebro como quien entra a un piso vacío y comienza a amueblarlo. Perdió la consciencia de sí mismo.
Cuando lo sacaron de allí y lo depositaron en la habitación blanca pudo escuchar a uno de los Once:
-No sé si habrá salido bien. Creo que las antiguas creencias aún pervivían en él y su mente se ha resistido de alguna forma.
-Que sea lo que el Creador quiera- dijo otro de ellos.
-Amén- dijeron Los Once.
Da mucho en qué pensar. Muy bueno.
Me gustaMe gusta
Que pasada, black mirror total. Me encanta.
Me gustaMe gusta
El futuro plasmado en un ameno y trepidante relato.
Me gustaMe gusta
Gracias por tus palabras Teresa. La preocupación, tan humana, por el futuro, es un tópico que da mucho juego. Personalmente me quedo co el pensamiento de que «El futuro es hoy «. Un saludo
Me gustaMe gusta