
El mundo se ha ido a la puta mierda. Después de aquella última explosión solar que penetró por el gigantesco agujero que perforaba nuestra capa de ozono, medio planeta quedó reducido a un ingente desierto abrasador cuyo estéril suelo, lleno de grietas gigantescas, deja escapar de vez en cuando y como de soslayo, vaharadas de aire caliente y sulfúrico capaz de acabar con todo ser vivo que necesite de pulmones para respirar.
Estando así las cosas, en la otra mitad de la tierra nos hacinamos los supervivientes a la hecatombe intentando vivir a toda costa y, por todos los medios posibles, al verano más largo, caluroso y aterrador de todos los tiempos a sabiendas que, en cualquier momento, el aliento del Tártaro nos barrerá de una vez y para siempre de la faz de este planeta que creíamos tener dominado y bajo control.
Estoy solo, prisionero y a punto de ser sacrificado y devorado.
Mi padre tuvo mejor suerte: la muerte le sobrevino de forma más o menos rápida creo yo, ya que por aquel entonces se encontraba trabajando en el lado del mundo que ya no existe. Mi madre y yo quedamos en este lado.
En un principio parecía que las cosas llegarían a arreglarse y sobrevivíamos a duras penas. Cuando ya no quedó nada para comprar o, mejor dicho, cuando el dinero dejó de tener valor y quedó claro que cada individuo debía de mirar por sí mismo, salíamos a ver qué podíamos conseguir temblorosos de hambre y miedo. Nos comimos con glotonería y por este orden, al conejo de angora que había sido la suave mascota de mamá y a Chester, mi compañero canino que, como era un labrador, nos duró un tiempo más que razonable debido a su tamaño. Fue una suerte que tuviésemos un perro grande en vez de unos de esos caniches que, si le quitas la piel, se quedan en nada.
El día que devorábamos la última pata de Chester, creo que era un jueves de octubre pero no estoy muy seguro; el sol brillaba con fuerza sobre la calle y su calor se sentía muy cerca. Si salías fuera la cabeza se te calentaba al instante y se apoderaba de ti un dolor sordo y latiente que provocaba fiebre y confusión mental. Ese día, digo, mamá se acercó a la ventana y contempló sin ver nuestro destrozado jardín. Se giró y miró, no hacia mí, sino a través de mí, yo hice lo propio y me sentí traslúcido, fantasmal, floté un poco entorno a ella, pero ella, sin mediar palabra alguna, subió a su habitación.
Esa noche dormí en el sofá instalado contra la puerta de entrada (ya habían comenzado a desvalijar las casas habitadas) y, cuando desperté, mamá no estaba. La esperé, la busqué, pero nunca regresó.
Cuando volvía de una de mis salidas en busca de alimentos, encontré mi casa ocupada, sin llamar la atención, di media vuelta y no me quedó otra que lanzarme al mundo; ¡Vaya un frase esa de «lanzarme al mundo». En otro tiempo hubiera significado Universidad, viajes, independencia…Ahora significaba soledad, ferocidad y peligro. El futuro es un implacable presente, la retórica ya no tiene sentido y durante casi dos años y hasta hoy, conseguí seguir vivo no gracias a ella precisamente.
Ahora espero que mi final sobrevenga y escribo mi historia en las pocas páginas que quedan libres del libro de recetas de cocina que portaba Lewis, un gordo inmenso y de voz sorprendentemente aflautada que me salvó, con aviesas intenciones todo hay que decirlo, de un grupo de matones semi-uniformados y semi-idiotas.
Deambulaba yo hurgando entre montones de basura ensimismado y empecinado en conseguir algo que llevarme a la boca, cuando me rodeó el antes mencionado grupo. Anduvieron en círculo torno a mí hasta cerrarlo en lo que ellos pretendían que fuera una especie de desfile marcial. Se detuvieron en posición de firmes y me miraron en actitud desafiante, pero debido al fuerte estrabismo que lucía el que se erigía como cabecilla, la situación se me antojó bastante ridícula y no pude evitar reprimir una sonrisilla irónica.
-¡Somos los J.O.S.!- Vociferó el susodicho quien, ante mi mirada interrogante y mi boca abierta prosiguió- ¡Somos una cohorte de valerosos guerreros que luchan juntos y mueren juntos! Pero no queremos morir- matizó con voz más comedida- ¡Se trata de sobrevivir!- volvió a vociferar- Y yo, como jefe justo que soy, te doy la oportunidad de unirte a nosotros si aciertas qué significan nuestras siglas- dijo dejando caer la mano en actitud condescendiente.
El asunto prometía no acabar bien ya que mi cerebro, ante situaciones peligrosas, tiende a llevarme por el camino que va directo al desastre. Siempre fue así, desde pequeño. Si hubiera vivido en otra época más amable hubiera sido un kamikaze formidable. De modo que mi boca se abrió para preguntar
-¿Los J.O.S.?
-Ajá- concedió el infame césar- Y bien, ¿Qué piensas que significa?
Mi mente enfiló la tragedia y, antes de poder cerrarla, mi boca escupió:
-¿Jóvenes Odiosos y Sarasas?
Ya estaba hecho. Me derribaron y comenzó el baile de patadas furiosas y escupitajos calientes. Yo me había agarrado a la pantorrilla de uno de los coceadores y procuraba hundir mis dientes en ella con toda la fuerza que era capaz, cuando se oyó una voz de niño cursi que, simplemente pregunto:
-¿Qué pasa aquí?
Al unísono todos miramos hacia la voz y nos quedamos petrificados anta Lewis, una mole de casi dos metros y un tonelaje sin determinar que hablaba como si fuese una señorita que va a casa de su tía para tomar el té.
La reacción de la tropa zarrapastrosa fue inmediata; en cuanto vieron al gorderas en cuestión, salieron por piernas atropellándose unos a otros. Se ve que lo de luchar y morir juntos era pura demagogia. Yo, como no sabía de qué iba la cosa y además no podía ponerme en pie, allí me quedé tumbado y acepté la mano que Lewis me tendía para ayudar a incorporarme. Una vez en posición vertical, pude contemplar su rostro ancho y mofletudo del que colgaba una papada que tapaba por completo el cuello que sujetaba una enorme cabeza de cabellos hirsutos. Verdaderamente su aspecto daba miedo, así que acepté como normal la huida de aquellos mamelucos y, hasta yo mismo pensé si no sería mejor poner pies en polvorosa, o al menos intentarlo, pero entonces Lewis habló y su voz ¡Oh su voz! ¡Esas notas cantarinas, ese tono falsete…! Nada malo presagiaba aquella voz, si hasta estuve tentado de apretarme contra su pecho de la talla cien y rogarle queme cantara una nana…
En fin, que arrullado por su hablar de tía-abuela solterona y pacífica, me dejé guiar por mi cicerone. Ahora que lo pienso, debí sospechar algo raro cuando Lewis, después de limpiarme amorosamente los regueros de sangre que corrían por mi cara, hizo que me desnudara para comprobar los daños y negó con la cabeza mientras chasqueaba la lengua ante los moratones que empezaban a formarse por mis costados. ¡Está realmente contrariado! pensé. Era increíble que en estos tiempos una persona se preocupara así por otra. Me sentí maravillado y amparado. Le seguí como un perrillo fiel.
Juntos llegamos ante una especie de fortificación hecha con todo tipo de materiales, algunos inimaginables, y Lewis zascandileó unos instantes en la puerta de acceso sin conseguir abrirla.
-Es que ya es muy tarde- me dijo a modo de explicación- Esos bastardos me han hecho perder mucho tiempo. pero no pasa nada, iremos por la puerta-trampa.
-¿Puerta-trampa?- pregunté alerta.
-Sí, pero a mí me conocen- rio Lewis como una locuela y empujó una especie de gatera, solo que por esta cabían personas.
Él pasó primero y me animó a hacer lo mismo. Tras andar a gatas por un corto pasillo en pos de su orondo culo, salimos a un patio circular. Súbitamente Lewis, mirando en dirección a una torre desde donde nos apuntaba un vigía gritó:
-¡Mierda, tenía que tocarle guardia al miope!-
Dicho esto cayó, muerto y despatarrado ya que el vigía miope, cuando nos vio aparecer, dio una especie de graznido y, al momento, una lluvia de metralla agujereó a mi salvador que aún me hizo un último favor: servirme de parapeto.
Como me quedan pocas páginas, seré menos descriptivo.
Ocurre que Lewis era el cocinero (de ahí el libro de cocina que se le cayó del pantalón cuando fue abatido y que ahora me sirve de diario) de una tribu de gordos caníbales que han prosperado en esta zona de la ciudad. Cuando me encontró, Lewis andaba a la búsqueda de ingredientes, o lo que fuera, para sus abominables guisos antropofágicos. Para ser justos, he de decir que su libro de recetas, si no fuera porque el principal ingrediente es la carne humana, constituye un verdadero manual para sibaritas. Así que, por mi culpa, debió de perder un tiempo precioso para entrar antes de la hora límite y que se cerrasen a cal y canto las puertas de este refugio que desafía la cordura. Tuvo que entrar por la puerta-trampa que es una especie de cebo para atrapar a algún desdichado al que se le ocurra investigar.
La mala suerte hizo el resto y el cocinero ya ha sido desangrado. Ante mis ojos lo han despojado de todo vello pasándole una y otra vez una antorcha por todo su cuerpo desnudo. Después lo han troceado y, con un estilo muy profesional, han ido destinando este trozo para esto, esta molleja para lo otro, aquello hay que ponerlo en salazón y esto otro hay que ahumarlo…
Y así, como en el cuento de Hansel y Grettel, me hallo en una jaula donde me ceban a conciencia (para obtener mejor producto me comenta sonriente el nuevo y aun más gordo cocinero jefe) Mis ojos no paran de llorar a causa del humo que aromatiza jirones de carne «Made in Lewis» que cuelgan de un cordel como tristes abanderados de la locura más infame que se pueda imaginar. Por las noches los observo cómo se atiborran y cómo bailan a la luz de las hogueras balanceando y haciendo temblar sus lorzas de grasa. Sólo hacen tres cosas: Cazar, bailar celebrando la caza, y comer.
Amanece otro día y aun sigo vivo. Nada se oye. El silencio es atronador, amenazante. En el patio toda la actividad se detiene. Todos, incluido yo mismo, miramos a los altos edificios tras los cuales debe aparecer el sol…Y aparece con una luz cegadora, una luz que corta y desgarra como la espada del Arcángel…todos se acuclillan, se cubren las cabezas… yo sonrío y levanto el rostro…Por fin el Fin…cierro los ojos y, curiosamente, recuerdo el sonido y, hasta puedo oler la lluvia empapando una Tierra que ya no es.
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