Hijos del verano
Hola querido. ¡Juntos de nuevo!
Estas dos semanas me han parecido una eternidad; el tiempo avanzaba despacio, estirándose, como un chicle ya sin sabor, en días interminables y groseramente ocupados en asuntos banales. Me ha costado dibujar la puerta que conduce a nuestro sitio y atravesarla sin ser vista, sin que nadie me reclamara. Ya sabes que nadie debe saber de nuestros encuentros o intentarían acabar con ellos arguyendo motivos prácticos que ni a ti ni a mí importan. Motivos disfrazados de soflamas en pos de una realidad que nada deja a la ensoñación, a la búsqueda de la inmortalidad que ambos encontramos en la palabra escrita; negro sobre blanco que se despliega en un mundo de colores, sabores y aromas amables y reconocibles. Pero para poder acceder a él hay que estar atento a las señales que siempre, a pesar de todo y de todos, de improviso, aparecen ondeando una bandera solo reconocible por algunos. En este caso la señal fue un señor, vecino de mi barrio, al que conozco desde hace años pero del que no sé ni su nombre. Venía yo de hacer la compra (uno de esos asuntos banales) cuando lo vi y me sacudió su transformación, y no hablo de su aspecto, ya sabemos que el paso del tiempo es una gran piedra de molino que nos aplasta a todos, pero, para que entiendas bien la situación, debo ponerte en contexto: Este vecino, al que llamaremos X, era, cuando lo conocí, un hombre joven de treinta y tantos; empleado de banca (creo) y con una novia que lo visitaba frecuentemente. Ambos formaban una pareja normal, anodina, acomodada a sus posibilidades y conformes con un destino que aparentaba estar trazado de antemano. Tiempo después, no sé decirte cuánto, X aparecía solo, quiero decir soltero. Otro lapso de tiempo más y X no trabajaba (llego a esta conclusión al verlo repetidamente dando largos paseos por el parque a horas laborables).
En una ocasión llamó a mi puerta quejándose de los ladridos de un perro del que me creía dueña pretendiendo que lo callara. Cuando lo saqué de su error (yo no tenía perro) me preguntó con un tono de desesperación en la voz:
-¿Es que no te molesta ese perro?
Le dije que no y, ante su insistente mirada, sin hacer amago de irse, le dije adiós y cerré la puerta. Tras unos segundos se fue.
Pues bien, cuando lo vi en esta ocasión, X estaba sentado en un banco con una gran bolsa de plástico de la que sacaba trozos de pan esparciéndolos por el suelo ¡Estaba alimentando a las aves como un triste abuelete! Mientras me acercaba (debía de pasar junto a él) X se levantó colgándose la bolsa del hombro pero, y esta es la señal, mientras él andaba no sé con qué destino, multitud de aves: gorriones, palomas, mirlos negros y verdes cotorras que han hecho colonia en el parque, le seguían planeando sobre su cabeza, casi rozándole. Al cruzarse conmigo X, portaba en el rostro una ancha sonrisa mezcla de complicidad y satisfacción; su mirada me atravesó sin reconocerme y el saludo murió en mis labios.
Desde entonces X ya tiene nombre, le llamo El Hombre de los Pájaros y su extraña sonrisa rodeada del vuelo de las aves viene a mi mente una y otra vez haciéndome caer en las ensoñaciones que presagian y posibilitan nuestros encuentros. Me hace recordar a Bécquer y sus «oscuras golondrinas»
¿Qué opinas tú de la locura, querido?
El que porta la sonrisa el que hace de la ociosidad su bandera camina protegido de las tormentas sabiéndose hijo del verano.
La cordura es un mal endémico de nuestro tiempo del que tú y yo sabemos ponernos a salvo. Nuestro pequeño mundo creado en este Parnaso construido de versos es nuestro verano eterno.
Ya desde niña gustaba de lugares donde escaparme y sentirme a salvo, aún no sé muy bien de qué. Recuerdo ese grupo de retamas amarillas de casi dos metros de altura y forma circular que se asemejaba a una casa floreada, sus ramas podían apartarse para dejarte entrar a su interior. Un lugar secreto que dejaba pasar lo rayos de sol aquí y allá creando un espacio mágico y solo mío donde pasaba las calurosas tardes del estío oyendo el enloquecido canto de las chicharras mientras imaginaba otros mundos, donde yo era la protagonista de mil y una situaciones. A veces me quedaba dormida simulando ser una de esas brillantes lagartijas que se estiraban al sol junto a mí sin temor alguno. Creo que fue en una de esas tardes cuando me despertaron risas y voces que se acercaban. Aparté una de las ramas y observé en silencio, temerosa de ser descubierta. Eran un grupo de chicos del barrio de entre doce y quince años; alguien en la escuela me había dicho que mataban perros callejeros ahorcándolos. Iban hablando a gritos, fumando y atizándose coscorrones unos a otros. Cuando llegaron junto a mi casa floreada, uno de ellos se paró a mear sobre la retama, tan cerca de mí, que aguanté la respiración hasta que terminó. Me acuerdo muy bien de ese día porque con ellos iba María, su pelo brillaba al sol y parecía feliz desconocedora sin duda de que solo le restaban uno o dos días de vida. Cuando se alejaron salí de allí y corrí hacia casa.
Tardé varias semanas en volver, pero aquel ya no era mi refugio, alguien más lo había descubierto y cuando entré el lugar olía muy mal. La casita hecha de retamas amarillas había sido utilizada de retrete tal y como atestiguaban las heces allí depositadas. También descubrí un lazo corredizo de fino alambre medio enterrado, lo saqué escarbando a su alrededor con el pie…Lo contemplé en silencio…Un pensamiento quería aflorar, un pensamiento que tragué fuerte hacia dentro antes de que se hiciera realidad; ese pensamiento se convirtió en una piedra negra y lisa que se depositó en mi estómago tomando forma y peso, dolió durante algunos días; después, con la típica inconsciencia de la niñez, me acostumbré a su presencia ignorada y presente a la vez. Fue la primera, pero no la única piedra en mi vida pero ¿A ti qué te voy a contar, querido?
¡Vaya, creo que esta vez me he excedido con mis recuerdos! ¡Si tú ya sabes todo sobre mí! Tu omnisciente posición te da esa ventaja. Yo me conformo con imaginarte a partir de lo poco que sé de ti, pero no te entristezcas, no es un reproche; como dice la canción: «[…]Yo soy feliz así de cualquier modo»
Como siempre, nos encontraremos en mi próxima carta. Estaré atenta a las señales.
Con todo mi afecto.
A la espera de la próxima para seguir disfrutando, gracias por permitirnos disfrutar de tu escritura!!
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Teresa, gracias a ti siempre.
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Acabo de descubrir tu blog y me ha gustado mucho, enhorabuena 🙂
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Muchas gracias. Siempre un placer.
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Estremecedor la historia que puede contar ese alambre en el refugio, a pesar de tu estilo tan fresco y natural.
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