DUENDES

   DUENDES

 

DUENDES

 

Esa mañana, que era como tantas mañanas, fue el comienzo de un tiempo que permanecería aferrado a la casona y sus habitantes formando una especie de vacío donde la razón no tenía cabida. Donde las costumbres, repetidas durante años, carecían de sentido y cualquier movimiento era, inevitablemente, devuelto a una quietud desesperante o, más bien, a una quietud expectante que esperaba devorarse a sí misma.

La bruma empezaba a disiparse dejando entrever apenas el sendero que llevaba a la aldea. Detrás de la casa el bosque permanecía aún a oscuras, celoso de sus secretos, ajeno al sol que se empeñaba en iluminarlo todo, aferrándose testarudo a la oscuridad.

La mujer se afanaba en la cocina cuando oyó ladrar al perro. El reloj de pared, única herencia que había pertenecido a su familia durante tres generaciones, se disponía a dar las diez de la mañana, pero, en ese mismo instante, su manecilla quedó quieta y una honda tristeza impregnó paredes, cacerolas, cortinas y hasta las telarañas cayeron deshechas al suelo como mudas lágrimas de seda.

Por el camino que llevaba a la casa, el maestro, hombrecillo enjuto eternamente vestido de gris, ayudaba a caminar al hijo, ese hijo que ella y su marido habían concebido cuando apenas les quedaban esperanzas. Un hijo que vino como de soslayo, casi sin pretenderlo. Un rapaz de piel blanquísima y ojos profundos de color indefinido que, a veces, parecían brillar ante algo que sólo él parecía ver, algo que ellos percibían como el ulular del viento entre los árboles pero que, para el muchacho, formaba parte de un lenguaje antiguo, cargado de secretos, preñado de olor a tierra y raíces palpitantes.

-Seña Cuyá, aquí le dejo al niño, será mejor que no vuelva a la escuela, yo- el maestro agachó la cabeza mientras lo decía- yo no puedo hacerme cargo de él. Quizá haría mejor ayudando a su padre en el campo, yo-volvió a decir y, esta vez miró a la cara a la mujer-creo que será lo mejor para todos.

Pero la mujer miraba al hijo que, sentado en el suelo, acariciaba al perro ajeno a cuanto se decía, ajeno a la infinita tristeza que ya pesaba como una gigantesca losa sobre ellos, sin aparentar dolor por ese ojo amoratado, por esos rabiosos mordiscos en los brazos, sorbiendo despacito el reguero de sangre que le corría nariz abajo.

La mujer no dijo nada, solo afirmó con la cabeza y el maestro, sin poder reprimir un suspiro de alivio retomó el camino de vuelta a la escuela, dejando tras sus pasos un eco de abandono que se dibujó en el polvo del camino.

Llegó la noche y con ella volvió el padre, la mujer no le contó nada, no hizo falta, él ya lo sabía y la confirmación del hecho quedaba rubricada en ese silencio apenas rasgado por el crepitar del fuego, el golpeteo de cucharas empeñadas en alimentar como por obligación y el incesante canturreo del hijo que miraba absorto el bosque recortado tras la ventana.

-Mañana te vienes conmigo a faenar- sentenció el padre una vez hubo terminado de comer. Las escaleras crujieron bajo sus botas, la cama gimió bajo su peso.

Amaneció de nuevo y los tres trataron de acostumbrarse a ese nuevo tiempo, a ese nuevo intento de vida creado dentro de la casa que parecía estar guiado por invisibles hilos que moviera a su antojo algún dios desconocido y cruel. Trabajaban, comían y dormían, atentos cada uno a los gestos del otro. Las palabras sobraban, el consuelo era barrido por un viento frío que lo llevaba lejos, fuera de su alcance. El consuelo bailaba entre las hojas muertas, en el cristalino murmullo del río, en algún lugar del bosque que sólo el hijo sabía.

 Y así, quizá buscando ese consuelo, cada noche el rapaz salía hacia el bosque. Dejaba su cama que apenas había calentado con su cuerpo y, acompañado del perro, corría bajo un cielo cuajado de estrellas titilantes, certeras al alumbrarle el camino mientras que, reflejada en el río, la luna perezosa dormía sobre los árboles.

La mujer sabía de esas escapadas, insomne sobre su cama, oía el quejido de la puerta al abrirse y el rumor de pasos alejándose. Entonces, con gran sigilo, entraba en el cuarto del hijo, se acostaba y cerraba los ojos dejando escapar un suspiro. Hundía la nariz en la almohada buscando un rastro olfativo que, como por ensalmo, la devolvía a tiempos en los que el sol calentaba las paredes de la casa al atardecer y las horas transcurrían tranquilas, sin saber a dónde irían a parar los anhelos que alguna vez tuvieron.

Con el amanecer el hijo regresaba y cumplía con las obligaciones cotidianas como si nada alterara el desenvolvimiento natural de las cosas. El padre comía ruidosamente el desayuno con la mirada fija en la desconchada mesa. El perro iba y venía entre las piernas de los comensales atento a cualquier ofrecimiento de comida. La mujer respiraba despacito, temiendo hacerse notar y el hijo, ese hijo que cada vez les pertenecía menos, presentaba un aspecto desvaído, desdibujado, ancha sonrisa y ojos abiertos como ventanas a las que nadie quería mirar; hasta las pequeñas ramitas y hojas prendidas en su enmarañado pelo eran más reales que él mismo. Más tarde padre e hijo marcharon hacia el campo, grandes zancadas las del hombre, imperiosas sobre el suelo, leves y torpes las del hijo. El perro quiso seguirlos, pero una patada del padre acabó con el intento del can que, tras asentarse de nuevo sobre las cuatro patas, levantó el hocico y aulló al cielo, alargando el quejido mientras todo él temblaba.

En esos días una helada temprana acabó con la esperanza de una cosecha provechosa que ayudara a la aldea a pasar el largo invierno. Los campesinos andaban cabizbajos y malhumorados, las comadres parloteaban quedamente bajo los zaguanes y una madrugada, la sobrina del cura, rubia muchacha de carnes apretadas y macizas, dio a luz con esfuerzo desgarrador, a un niño deforme y amoratado, con un gran lunar oscuro que le ocupaba toda la mejilla izquierda. Fue un crío malparido, decían, que murió esa misma noche de frío al no haber alma alguna dispuesta a darle calor. Tres noches después murió la madre con la leche agolpada en los pechos, dando lamentos de dolor y rodeada del tufo a podrido de la muerte.

Fue por entonces cuando aparecieron las pintadas.

Una mañana la fachada de la casona lucía unos extraños signos enmarcados dentro de un círculo totalmente negro, semejante a un agujero. Por las noches, oscuras siluetas que portaban candiles y salmodiaban conjuros, montaban guardia en la linde del bosque. Las oscuras leyendas que siempre habían flotado por la comarca ocuparon de nuevo su lugar y las gentes se empeñaban en contarlas a la luz de la chimenea. En la escuela los colegiales las repetían añadiendo imaginaciones infantiles, regocijándose en esa crueldad pragmática que caracteriza a los niños, inventándose consignas y ritos para espantar el mal de ojo. A veces solo dibujaban en la arena dura del patio la señal de la higa, otras se reunían al atardecer junto al río improvisando pequeñas hogueras donde, junto a mechones de sus propios cabellos, asaban gordos sapos ensartados en ramas de tejo, oyendo boquiabiertos el chisporroteo de los anfibios y lagrimeando sin cesar por el efecto del espeso humo resultante.

Una tarde de octubre, roja y ventosa, Paco “el Zambo” esperaba a su grupo de amigos frotando sus pequeñas manos de uñas negras. Hacía frío pero un rubor impaciente coloreaba sus mejillas. Cuando los vislumbró braceó y vociferó para que aligeraran el paso, llegándose hasta él los mozalbetes, quedaron en silencio, mirando sin comprender la escena que ante ellos se desplegaba: atado a un árbol con una gruesa soga, estaba el perro del muchacho aojado, el muchacho hechizado. El pobre animal los miraba con ojos húmedos, moviendo sin cesar la cola. Bruno, el más pequeño, se acercó sonriendo al animal para acariciarlo, pero “el zambo” lo apartó de un empujón.

-Serás marica- dijo apretando mucho los dientes el Zambo- ¿Para qué crees que lo he traído?

La comprensión se abrió paso y los niños, formando un círculo, dieron unos pasitos hacia atrás para contemplar cómo “el Zambo”, convertido en protagonista, lanzaba el extremo de la soga hacia una alta rama y tiraba con todas sus fuerzas. La rama crujió bajo el peso del animal que, impotente, dejaba escapar entre los dientes una lengua larga y babeante emitiendo pequeños gruñidos; sus patas arañaron el aire durante unos minutos, hasta que quedaron inmóviles y tiesas.

Esa noche, en la casona, la mujer no estaba en la cama del hijo. Cuando lo oyó salir bajó a la cocina y se sentó a esperar. Esperó en silencio, sin moverse apenas, mirando fijamente el reloj que, de repente, comenzó a andar. Sollozó quedamente y esperó de nuevo hasta que los ruidos de fuera cesaron. Solo entonces despertó al marido y ambos salieron a una noche bañada de una luz como de plata, una noche fría y resbaladiza como las escamas de los peces. Tendido junto a la puerta estaba el hijo, las manos, atadas juntas, descansaban sobre el quieto pecho, los pies también atados, aparecían descalzos y llenos de barro. Su pelo, cortado en brutales mechones dejaban al descubierto la frente en cuyo centro un negro agujero, casi perfecto en su redondez, estaba rodeado por signos de color rojo que parecían franquear una puerta de salida.

En el carromato, una sábana bordada de alegres margaritas envolvía el cuerpo del hijo. Nada se llevaron de la casona el hombre y la mujer, solo la callada promesa de poder empezar de nuevo en otro lugar, de poder echar raíces en otra tierra que no los expulsara.  Las gentes del pueblo contemplaron impasibles la marcha de la comitiva fúnebre, algunos se persignaron.

La casona quedó vacía y quién sabe si alguna vez volverá a ser habitada. Quién sabe si alguna vez, el tiempo dentro de ella quedará quieto en el reloj, si una honda tristeza volverá a adueñarse de paredes, cortinas y cacerolas y, quién sabe si, hasta las telarañas caerán de nuevo al suelo como mudas lágrimas de seda.

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