
Ando preocupada, algo desanimada en mi pequeña vida, que es mía y ocupa una parcelita de este mundo tan grande que alberga tantas formas de vida. El cielo, con su cubrecama de nubes, asiste impertérrito a mi desasosiego; y en un ejercicio que seguro peca de autocomplacencia me pregunto si sólo yo lo veo, si únicamente yo me doy cuenta de que “las cuentas” no salen, de que todo anda terriblemente mal, torcido, bocabajo y descoyuntado.
Todo este pensamiento me asalta así, de improviso, en un pasillo del hiper que, no se me ocurre por qué, huele a castañas asadas…Cierro los ojos y me transporto a la calle Real de mi ciudad; una calle que, en otoño, se dejaba vestir por una neblina procedente de los numerosos puestos de castañas que la recorrían de principio a fin, el aroma es embriagador, reconfortante y hasta puedo sentir el calor del cucurucho de castañas en mis manos…
-¿ Qué te ocurre hija?- me pregunta una señora mayor mientras me lanza una mirada entre preocupada y alerta. –
Y yo, que había leído hacía poco un artículo sobre las especies de árboles que están desapareciendo del planeta, voy y le digo:
-Señora, el olmo se muere y parece que es inevitable…- me doy cuenta que estoy a punto de llorar e intento recomponerme con una carraspera – –
-¿El olmo?- La señora parpadea dos o tres veces y se aleja un poquito. –
-Sí señora, ese árbol centenario, que ha vivido en la tierra desde Europa a Japón y desde tiempos remotos, se muere…
-¿Y eso es todo?- La señora parece terriblemente confusa o desilusionada ante la perspectiva de un drama en directo -¡Pues anda que no hay árboles ni nada!- afirma en lo que pretende ser un amago de consuelo.
-Pero señora, su desaparición acabará con otras formas de vida que dependen de su presencia en nuestros bosques…
– ¡Mira!- me interrumpe rotunda- ¡No tengo tiempo de escucharte ni dinero para ninguna ONG!
-¡No, no, si yo no…-logro balbucear
-¡Ea, entonces no pienses en eso! verás como todo se arregla. ¡Pos anda que no hay árboles ni ná!
Y la señora se aleja negando con la cabeza y se pierde entre los pasillos del hiper sin perder un minuto en darse cuenta de que nada se arregla por sí solo. Que nosotros, con nuestra humanidad a cuestas, no nos enteramos que se necesita un nuevo patrón de pensamiento, una nueva conciencia colectiva, que ya no vale el “sálvese quien pueda”, que todos estamos conectados: humanos, animales, vegetación… Que el hecho de que niños mueran de hambre es una abominación, que, la libertad no se puede ni se debe comprar con dinero, que las leyes injustas, los prejuicios, la religión, la sociedad en suma, la hemos creado nosotros y, tal como la creamos, podemos y debemos cambiarla.
No nos percatamos que, aunque todos nacemos iguales en derechos, no nacemos iguales en privilegios ni oportunidades y tenemos que aprender de una vez por todas, que toda persona venga de donde venga y sea como sea, si lucha por todo aquello que nos hace humanos y aspira a tener todo lo bueno y amable que nos puede dar la vida, tiene derecho a intentarlo sin que prejuicios absurdos, leyes anticuadas e intereses perversos se lo impida.
Cuando voy a salir del parking encuentro la carretera cortada, por dos horas me informa el policía local, a causa de una procesión. ¡Si no es Semana Santa! me digo a mí misma, pero ahí está: imagen llevada en volandas, velas encendidas, banda de música con instrumentos brillantes y niñas en mantilla larga y falda muy corta. Y a mí me da por pensar que el Olmo se muere…
Pongo música y vuelvo a recordar el olor de las castañas asadas.
Buena reflexión, da que pensar.
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Gracias por leer.
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La individualidad será lo que al final acabe con la humanidad.
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Verdades como puños en este interesante y reflexivo relato.
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