¡Corre, cerdo!

¿Era eso la felicidad? No tenía modo de saberlo porque, que él supiera, no tenía nada con qué comparar la sensación que ahora sentía… Era una sensación vaga, inconsistente, casi imperceptible, como el hambre que siente la persona que come todos los días, sin siquiera plantearse que pudiera ser de otra forma. Era como si se hubiese olvidado de merendar y esperase con más ilusión la hora de cenar, como estrenar zapatillas de andar por casa: el lugar era el mismo, pero las pisadas albergaban otra cadencia, era, al fin y al cabo, algo diferente. Pensó en las películas y libros que describían la felicidad como una sensación apabullante, contra la que nada se podía hacer, sólo cantar y bailar agarrado a una farola, bailar en calzoncillos y gafas de sol en el salón de casa, entonar melodías mientras corres por un cerro seguido de ocho niños ¿o eran nueve? Saludar a todos los viandantes con una sonrisa de oreja a oreja…en fin que en sus planes, no entraba hacer nada de eso. Tampoco sentía mariposas en el estómago pero, espera, eso es cuando te enamoras y él nunca se había enamorado o eso creía…Cuando Ingrid dejó de quedar con él, simplemente lo aceptó y siguió con su vida, nada de «llanto y crujir de dientes». O a él nunca lo había tocado el ángel de la felicidad con sus alas, o, como se temía, tal estado de gracia no existía más que en guiones y páginas de libros.

El monitor del vagón anunció su parada y bajó envuelto en una marea humana que, como él, deseaba llegar a casa. Vivía con tres compañeros de piso y únicamente su habitación podía considerar como su hogar. El resto del apartamento eran lugares comunes: un salón desolado con un inmenso ventanal sin cortinas por cuyos cristales, llenos de polvo, entraba, inmisericorde, el sol de la tarde a raudales, una cocina atestada y permanentemente pegajosa y un baño siempre fétido y seguramente insalubre. Con un poco de suerte en algunos meses podría ahorrar el suficiente dinero para poder alquilar un apartamento para él solo. ¡Sí, esa era la sensación! ¿Cómo no se había dado cuenta? ¡La promesa de la futura comodidad y seguridad de poder pagar su propio apartamento, su propio lugar bajo el sol! No se había percatado de que el momento había llegado, una vez terminada la carrera de ingeniería agrícola e industrial y tras varios trabajos de mierda, había conseguido un puesto en una granja porcina. En principio, había firmado un contrato de tres meses que estaba a punto de finalizar y que, si no se le avisaba de otra cosa quince días antes y por correo, se convertiría en indefinido. Revisó a conciencia la bandeja de entrada, la bandeja de spam…Nada, no le habían comunicado su baja laboral y sólo quedaban ¡Tres días! Eso solo podía significar que había alcanzado la meta… o alguna meta o, bueno, que había subido un peldaño para alcanzar la meta, aunque a estas alturas no tuviera muy claro qué clase de meta era esa ya que hasta ahora su cometido era cargar los grandes recipientes de pienso que luego viajarían, en camiones, hasta los módulos donde vivían los animales. Esa noche durmió muy bien sin que le molestase el constante olor a maría que se filtraba bajo la puerta del estudiante de medicina ni los gritos del estudiante de teleco cuando jugaba al Fortnite hasta altas horas de la madrugada.

A la mañana siguiente poco después de fichar y antes de la ducha y desinfección le llegó un WhatsApp del CEO de su grupo de trabajo. Temiéndose lo peor se encaminó hacia las oficinas centrales, pero de allí salió con el primer contrato indefinido de su vida. A partir de ahora trabajaría en los módulos, concretamente en el módulo B, su nuevo jefe, que había estado en la reunión le informó de que al aceptar el puesto, aceptaba también una semana de vacaciones pagadas antes de incorporarse a su nuevo puesto ¿el motivo? Debía de arreglarlo todo porque cuando se incorporara viviría tres meses seguidos en las instalaciones. Tras pasar los procesos de cuarentena, se alojaría, sin coste alguno, en los apartamentos allí instalados para los trabajadores. Jornada de ocho horas seis días a la semana descansando uno. Al finalizar los tres meses, 10 días de descanso fuera de allí al cabo de los cuales, comenzaría de nuevo el ciclo. De esta manera, el número de movimientos de entrada y salida de personas quedaba reducido al máximo, cuestión de higiene, le dijeron, y, por su cabeza pasó fugazmente el recuerdo de la pandemia de COVID y otras enfermedades zoonóticas. El sueldo no estaba mal, según el SMI más un plus por lo del aislamiento. Cuando iba de nuevo para casa ya lo tenía decidido, dejaría el piso, él solo era dueño de su ropa, su portátil y su móvil, y todo eso lo podría trasladar fácilmente al apartamento de la compañía. Cuando disfrutara de los primeros diez días libres, buscaría un buen hostal y, a partir de ahí y superada esa primera etapa, ya decidiría qué hacer… ¿Se sentía feliz? pensó que no, que más bien se sentía raro, debía de asimilar los cambios, sólo eso.

El primer día fue alucinante, desde su anterior puesto en la empresa, ni sospechaba si quiera lo que estaba contemplando, le habían trasladado con ropa de la empresa y en vehículos internos, limpiados y termo desinfectados, hacía la zona montañosa donde se encontraba la granja, formada por dos edificios con siete pisos cada uno: era una granja vertical, parecían más bloques de apartamentos que otra cosa, solo las ventanas, apenas unas estrechas hendiduras en la fachada contaban otra cosa.

-En cada piso hay 5 trabajadores exclusivos, por lo que los edificios de 7 pisos tienen un total de 35 trabajadores. Además, cada piso funciona como una granja independiente, en cada uno de ellos tenemos gestación y maternidad- le informaba orgulloso un trabajador que, según su tarjeta, se llamaba Faustino- de los siete pisos- prosiguió Faustino- seis albergan a 1086 cerdas cada uno y el restante funciona como transición y recría de la futura auto reposición. El único movimiento que se hace entre estos pisos es para entrar cerdas jóvenes o bien para mover las futuras reproductoras, tras el destete, al piso de recría de estas. Una vez destetados, los lechones se llevan hasta un ascensor que permite trasladarlos a la planta baja y de aquí al muelle de carga para llevarlos al engorde- en este punto, Faustino emitió una carcajada en tono falsete seguida de un «ñam, ñam».

Durante el primer mes, estuvo en el puesto de engorde, donde los cerdos destetados eran alimentados en seco y de forma automatizada, cuando los camiones llegaban con los recipientes llenos de pienso, este era subido mediante un sistema de cadena hasta cada uno de los pisos. La alimentación se basaba en la edad, la salud y, si era gestante o no, la cerda en cuestión. También trabajó en el piso de las inseminaciones, realizadas manualmente mediante cánulas, eran grupales y se llevaban a cabo con las cerdas encerradas en jaulas, pasadas cinco semanas, las cerdas eran llevadas a la sala de maternidad donde se las alimentaba con esmero. Una vez paridas, una especie de soporte metálico, la cuna, la llamaba Faustino, las mantenía tumbadas de lado todo el día, excepto cuando tenían que comer, unos barrotes estratégicamente colocados, les dividían las ubres: en cada ubre un cerdito, cuyos colmillos habían sido extraídos para no dañar las mamas de la cerda, que debía de tener, para ser productiva, un mínimo de cinco partos en dos años. La tarea que menos le gustaba era la de retirar los cerditos después de ser amamantados y dejarlos solos, calentados por mantas térmicas, bajo un sol artificial, aunque cuando conoció el piso de engorde, cambió de opinión; los cerdos machos, que no estaban destinados a comercializarse como lechones, eran capados de manera sistemática.

– Al consumidor exigente- le susurró Faustino que se empeñaba en ser su amigo- le desagrada el sabor y el olor que las glándulas sexuales dejan en la carne . La granja vertical es todo un ejemplo de productividad y control sanitario y la compañía ya está poniendo en marcha un proyecto para construir dos edificios más.

Durante el tercer mes ya se conocía la dedillo el funcionamiento de cada piso, pero, curiosamente, solo había intercambiado alguna que otra conversación con Faustino, los demás iban a lo suyo. Con mascarillas, monos blancos y guantes, los gestos eran imposibles y las miradas se perdían por entre las rendijas de las paredes que, de tanto en tanto, dejaban pasar algún rayo de sol. De noche, le costaba conciliar el sueño y, cuando lo hacía, soñaba con pasillos en penumbras y le parecía oír el sonido del ascensor transportando decenas de cerditos al engorde. Tan felices ellos, sin saber nada más, porque nada más conocían, no sabían del sol ni la lluvia, de encinas ni dehesas, del fragor del apareamiento ni del placer de revolcarse en un charco de barro.

-No les hace falta- le contestó Faustino un día que se lo comentó- los cerdos se bañan en barro para quitarse los parásitos, y aquí no tienen.

-¿Y qué me dices de todo lo demás?

-Son solo cerdos- afirmó Faustino- además que aquí viven como dios, no tiene que luchar por la comida ni por las hembras, aquí los cerdos machos solo se preocupan de comer a su hora y que nunca les falte porque si no se comen unos a otros, y eso lo he visto yo…no aquí, por supuesto- se apresuró a decir-en otras granjas mucho menos automatizadas y limpias; quiero decir, que los cerdos son muy cerdos, no sé si me entiendes…

– Pero es que los obligamos a vivir de una forma que no sigue el orden natural…

-Ya-contestó Faustino mientras lo observaba de reojo

Le quedaban apenas dos semanas para los tres meses y estaba en el piso de lactancia cuando lo vio por primera vez. Apenas había abierto los ojos y, en vez de engancharse con saña a la ubre, se empeñaba descubrir nuevos rincones del cubículo olisqueando aquí y allá. Cuando lo cogió para acercarlo a la teta se dio cuenta de que era macho y de que tenía una curiosa marca de nacimiento bajo el ojo izquierdo, una especie de ceja negra invertida que le daba el aspecto de un jugador de rugby, tenía los ojos muy claros y unas largas pestañas totalmente blancas.

-Eh, cerdito albino- le dijo en voz baja- debes de comer y engordar rápidamente o serás lechón- inmediatamente se dio cuenta que no sabía qué era peor, morir siendo lechal o engordar para que te corten los huevos y que te maten igualmente. Le examinó la boca para ver si le habían extraído los colmillos y así era, pero en el hueco de uno de los colmillos, tenía una pequeña infección, quizá por eso no comía, debía de dolerle. Inmediatamente trajo crema desinfectante de la enfermería y durante toda la semana que estuvo en la sala de lactancia lo estuvo curando, se encariñó con él y, cada noche, cuando lo retiraba de la cerda para llevarlo bajo la manta térmica lo colocaba en el montón de arriba en el carro de transporte para que no quedara aplastado bajo sus hermanos y le acariciaba la barriga mientras el pobre lechón lo miraba expectante.

-Eres un cerdito listo- le decía- eres listo y te mereces algo más- de pronto se quedó parado: ¡era cierto, su pequeño cerdito albino, su jugador de rugby se merecía algo más y él podía dárselo! En ese preciso momento tomó la decisión, antes de que lo llevaran al engorde, antes de que lo caparan, se lo llevaría de allí, lo dejaría crecer libre junto a él y conocería el mundo que hay tras las paredes de esa absurda granja vertical. Aún no sabía cómo iba arreglárselas después de la fuga, pero de eso se ocuparía más tarde, tampoco es que lo fueran a poner en busca y captura por robar un cerdo, el mundo aún no estaba tan loco…

El mismo día que debía de trasladar las crías al engorde, una vez depositadas en el ascensor, retiró a su amigo. Durante toda la semana no lo había inscrito en el registro diario, rezando para que no pensaran que había muerto y vinieran a buscar su cadáver, lo introdujo bajo su mono y bajó a firmar el periodo de tres meses, rehusó ir hasta la ciudad en el autobús de la empresa.

-Vendrá a recogerme una amiga- le dijo a un desilusionado Faustino que esperaba salir de juerga con él durante los días libres.

-Pero ¿tienes novia tú? ¡Si llevas aquí tres meses! -insistía el condenado.

-Es que ya la conocía de antes-sonrió -voy tirando para la salida que me recogerá en la carretera.

Saludó al guardia que hacía turno en la puerta y aceleró un poco el paso mientras notaba como el cerdito albino intentaba buscar una ubre entre su ropa, menos mal que llevaba puesto un chubasquero bastante ancho, pensó y, sintiéndose una especie de dios redentor, corrió hacia los árboles que rodeaban la granja que, paradójicamente, eran encinas nudosas y polvorientas. Sabía que era una locura, que debía alejarse de allí, pero una necesidad imperiosa lo empujaba, lo volvía alado, intrépido, feliz. Sí, era felicidad lo que le cosquilleaba en las tripas y le hacía sonreír como un tonto, él le enseñaría al pobre cerdito cómo era estar bajo el sol, él lo llevaría al Paraíso, a la tierra prometida. Eligió una encina grande y de aspecto noble.

Ven- dijo con voz que intentaba ser solemne en atención al momento- ahora conocerás el mundo.

Sacó al cerdito y lo depositó con cuidado en el suelo, este, al sentir el tacto rugoso de la tierra bajo sus pezuñas gruñó de disgusto, bizqueó inquieto cuando las nubes dejaron pasar la luz del sol y, cuando una ráfaga de viento movió las ramas de la encina haciendo que algunas gotas de la lluvia caída hacia poco le salpicaran el lomo, echó a correr desesperadamente…Vano intento, no sabía correr, su trote era totalmente descoordinado, solo consiguió caer despatarrado y rodar ladera abajo dando gruñidos cada vez más fuertes. En ese momento vio venir al guardia de seguridad acompañado de Faustino que lo señalaba con el dedo. Resbalando sobre su culo llegó hasta el cerdito lo cogió y emprendió una loca carrera, se sentía tan vivo mientras corría que no paraba de reír.

-¡Corre cerdo, corre! gritaba entre carcajadas- cualquier psicólogo que lo examinara en ese preciso momento, no dudaría en diagnosticar que padecía sentimientos reprimidos que le habían creado una gran tensión histérica. Sí, se sentía feliz, pero el cerdito no parecía serlo, daba unos chillidos increíbles e incluso intentó morderle un dedo. El guardia le dio un fuerte manotazo en la espalda haciendo que cayera al suelo, allí lo inmovilizó y, tras quitarle el cerdo le propinó una patada en los riñones.

-¡Puto ecologista!- le gritó- ya me olía yo que eras una mosquita muerta.

Cuando Faustino llegó, tomó al cerdito albino entre sus brazos, del pecho, atada con una correa, le sobresalía una tetilla rebosante de leche, el cerdo se agarró a ella con desesperación, para él Faustino era su dios, aquel que lo proveía de leche y miel, pensó amargamente. El impostado lactante, empuñó una pistola eléctrica, sonó la descarga.

– todo tuyo- dijo mientras lo dejaba caer al suelo.

El cerdo sonó como un fardo al chocar contra el suelo, debido a la pendiente rodó hacía quien se creía su salvador y quedó cara a él, por un lado de la boca semiabierta, le corría un hilillo de leche.

-No tiene colmillos y lo iban a capar en el engorde-gimió el secuestrador de cerdos- Quería enseñarle el mundo, quería enseñarle todo aquello que desconocía, quería enseñarle el orden natural de las cosas.

-Ya- dijo Faustino- no vuelvas a aparecer por aquí- y juntos, él y el guardia se dirigieron a las instalaciones de la compañía.

Mientras andaba por la carretera con la esperanza de que algún coche quisiera llevarlo a la ciudad, comenzó a llover con fuerza, aligeró el paso poniéndose la capucha del chubasquero y le pareció oír.

-¡Corre, cerdo, corre!

Apretó los dientes y corrió mientras volvía a sentir en las tripas esa sensación ¿sería la felicidad de sentirse libre o la preocupación de no saber qué demonios haría ahora con su vida?


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