La señora Green-Meadows

La señora Green-Meadows recogió con cuidado las migas de la mesa poniendo atención a que ninguna cayera sobre la alfombra, suspiró, y aún con las migas en el hueco formado en su mano, miró por la ventana. Vivía en una preciosa calle cerrada festoneada de árboles, sobre todo robles, esto era del agrado de la señora Green-Meadows, que adoraba los robles desde…Bueno desde siempre. Su casa era la última y , por tanto, la que cerraba la calle, así que vecinos que paseaban a primera hora de la mañana o al atardecer, niños en triciclos y perros que durante un breve espacio de tiempo corrían libres, llegaban hasta su vivienda, paraban justo enfrente de la ventana de su salón-comedor y daban la vuelta desconocedores de que ella los observaba con curiosidad ociosa. A veces había algunos que sí percibían su mirada y parpadeaban parados ante su ventana o miraban inquietos tras los árboles, vacilaban unos segundos y tomaban el camino de regreso, justo por donde habían venido, olvidando esa sensación que les había erizado el pelo de la nuca. Así era la humanidad últimamente, vivía de espaldas a sus instintos y eso (la señora Green-Meadows lo sabía bien) tenía consecuencias.

Fue hasta el fregadero y dejó caer las migas de pan que formaron un mosaico sobre la porcelana, abrió el grifo y observó cómo el agua las arrastraba, miró a su alrededor y su reflejo le devolvió la mirada desde el cristal de la ventana. Por un momento no se reconoció. Era por su gesto, de un tiempo hasta esta parte era…¿Cómo decir? menos decidido.

-Sí-le dijo a su imagen en voz alta-a veces me tomo ciertas licencias- es casi obligatorio y hasta terapéutico para una existencia tan larga.

Asintió con la cabeza sonriendo mientras recordaba una de esas licencias: como aquella vez que esperando tras la ventana lo vio llegar trotando, sudando profusamente, con un aspecto lamentable. Comprobó con sorpresa que era un vecino de la calle. Nunca sabía de quién se trataba hasta el momento preciso (cosas de Las Hilanderas, que eran bastante desconfiadas a la hora de decidir la longitud del Hilo de la vida) pero esta vez el Destino, ese viejo loco y errante, conjuró una situación curiosa que le hizo preguntarse: ¿Y si…?

Vio como Harry (creía recordar que así se llamaba) se comprobaba el pulso dispuesto a seguir con la carrera a pesar de sentir el corazón golpeando en sus oídos, a pesar de sentir un ligero cosquilleo en el brazo derecho; se ajustaba los auriculares pensando en los kilos que tenía que perder antes del verano y, entonces, antes de que siguiera con su carrera, la señora Green-Meadows comenzó a cantar lo más alto que pudo la canción que sonaba en su móvil: «Be Ma Baby». Harry cerró los ojos y también cantó. Ambos quedaron suspendidos en una especie de solidaridad cantora, el vecino avanzó casi a cuatro patas hasta el césped de su entrada y se tumbó para recobrar el aliento. Alguien le dijo, alguna vez, que los jefes sospecharon, incluso alguien la acusó de ser una gran humanista, sin embargo ese insulto, a pesar de lo que significaba en los círculos en los que se movía, la llenaba de un extraño orgullo que le hacía contemplar el sol de cada amanecer haciendo que ardiera en sus preciosos ojos irlandeses.

-Son solo dos o tres tonterías-volvió a decirse a sí misma-

Pero era cierto que en esta ocasión, su ciclo había sido especialmente largo. Le agradaba esta vida con la que se cubría. El hombre que era aun su marido la había amado sin dudar casi 57 años y ella se había dejado envejecer a su lado llegando a tal grado de complicidad que, a veces, cuando se daba cuenta de que el la miraba, temía que pudiera «verla».

-¡Cuidado, que la humanidad es una enfermedad contagiosa!- le dijo una vez ese mago idiota, Merlín, que se daba muchos aires pero no era más que un charlatán vende-humos que tuvo la suerte de estar en el sitio justo en el momento adecuado.

La señora Green-Meadows reflexionó sobre lo que en su día le dijera el hechicero y, enfermedad contagiosa no, concedió, pero la humanidad se estaba volviendo una costumbre. Hacía ya tanto tiempo que decidió cómo llevar a cabo su cometido, tanto tiempo…

El jefe la había advertido cuando tomó posesión de su cargo:

-¿Estás absolutamente segura de querer vivir entre ellos y como una de ellos? Antes de asentir piensa que, tras ese gesto, nunca podrás volver atrás.

-Sí- afirmó ella sin dudar y, todos los ciclos y, en todos los tiempos, había sido una más, salvo una pequeña diferencia: ella nunca tendría hijos, sería una paradoja que la destruiría a ella y ocasionaría un caos como el del Principio de los Tiempos.

La señora Green-Meadows salió de su ensoñación. Había oído una especie de aleteo sobre el tejado de la casa. Miró hacia arriba y escuchó. Con solo la voluntad de querer estar, estaba sobre el tejado:

-¡No te atrevas, cuervo desafinado!- le gritó entre dientes a la banshee que ya se preparaba para gritar abriendo su terrible boca desdentada.

-El humano es tu marido y es mi deber avisarte- la blanca y desgreñada melena de la mensajera se agitaba en torno a su famélico rostro- ¡Hago mi trabajo y lo hago bieeeeen- intentó un alarido al decir esto último pero lo calló ante la mirada incendiada de la señora Green-Meadows- no como otras- volvió a decir estirando los harapos de su vestimenta que tenían el color de los pantanos.

-¡Vete!-le ordenó la señora Green-Meadows- tú no eres más que parte del coro y, en este, mi trabajo de hoy, no necesito plañideras.

La banshee abrió la boca para decir algo pero en ese momento un viento fuerte la agitó como si no fuera más que un trapo sucio y, tras unas cuantas sacudidas, desapareció. La señora Green-Meadows bajó al salón y observó a su marido que, sentado en el sillón junto a la ventana, respiraba con dificultad.

-Buenos días querido, ¿Cómo te encuentras esta mañana?- dijo mientras tomaba asiento frente a él.

El hombre la miró largamente y, por un instante pareció no reconocerla.

-Rosie, eres tú- le dijo mientras le tendía una mano.

-Por supuesto querido, soy yo- le arregló el pelo como solía hacerlo desde siempre dándole un pequeño tironcito en el lóbulo de la oreja.

-Siempre has sido tú, Rosie- el hombre dijo esto mirando el fondo de sus ojos, su marido la «veía»- ¿Nos encontraremos algún día, Rosie?

-Seguro que sí, querido…

La señora Green-Meadows lo acogió con todo el amor que había aprendido y notó que el hombre no tenía miedo porque se quedaba con ella, con su Rosie.

Esa tarde, cuando todo había terminado, la señora Green-Meadows salió de la casa por el patio de atrás y se adentró en el bosque. Mientras caminaba se fue perdiendo en el ancho río que es la vida.

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