
Esa mañana despertó antes de que el móvil lo avisara con su educada vocecilla :
-«Son las siete»
Se revolvió entre las sábanas; al tercer aviso sacó un brazo y casi tira el teléfono antes de conseguir desactivar la alarma. Se rascó la barba y decidió que hoy no tocaba afeitado, puso los pies en el suelo helador. ¡Hacía un frío del carajo!
En el piso de arriba los vecinos ya emprendían su loco trote mañanero consistente en constantes idas y venidas, vaciados de la cisterna del váter y algunos golpes que parecían decirle: «Vamos, ¿ qué haces ahí parado? Nosotros ya nos hemos puesto en marcha; ¡Agarra el día que comienza!» ¡Cómo los odiaba! Se quedó algunos segundos más rumiando este pensamiento que acababa de asaltarle y se dio cuenta de que, últimamente, guardaba cierto rencor hacia esas personas que parecen saber en todo momento qué tienen que hacer y lo llevan a cabo sin dilación, sin dudas; como si siguieran un guion perfectamente estructurado. Definitivamente, pensó mientras subía la persiana, su guionista debía de haber muerto y, con toda seguridad, de aburrimiento. Ahora el odio era contra sí mismo y esa sensación era reconfortante: odiarse se le daba muy bien.
Ya en la parada del autobús, con el regustillo a tostada quemada aún en la boca se dio cuenta de que había vuelto a olvidar su identificación; sin ella no podría pasar el torno de entrada al laboratorio y, cambió el peso del cuerpo de un pie a otro mientras decidía qué hacer, si volvía a su apartamento perdería el bus, llegaría tarde y la explicación que debería dar sería la misma que tendría que dar al segurata para que le hiciera el favor de darle acceso por ¿cuarta, quinta vez? ¡A la mierda, decidió! Cuando esté en la entrada me pegaré a algunos de los que entren mientras los saludo y les pregunto que qué tal el finde… Casi con toda seguridad le mirarían algo desconcertados, pero eso era mejor que soportar la mirada de condescendencia del guarda de seguridad. No había ganado casi tres dioptrías estudiando para que un tipo de músculos hipertrofiados y tatuajes hasta en las amígdalas le tratara de esa forma. Algunas veces uno debe mirar por sí mismo; sonrió esperanzado mirando, sin darse cuenta de ello, a la mujer de mediana edad que esperaba en la parada junto a él; ésta devolvió la sonrisa. En ese mismo instante, un estornino negro de pico amarillo se lanzó en vuelo kamikaze contra el metacrilato de la marquesina. Ambos dieron un respingo, sobresaltados por el golpe y se quedaron observando cómo el pájaro daba estertores en el suelo sangrando por el pico
-¡ohh!- la señora formó un círculo perfecto de color frambuesa con sus labios- ¿Qué le habrá pasado? Son aves de ciudad, están acostumbradas ¿no?- preguntó ansiosa.
-No sé- contestó Guillermo, Guille para los amigos, o para Míkel, único amigo en su haber social, aunque a veces tenía serias dudas al respecto- Dicen que estos pájaros se emparejan de por vida, puede que éste haya perdido recientemente a su compañero y haya decidido suicidarse- bromeó.
-¡Pero eso es terrible, terrible!- ¡Ay hijo, ya me has dado el día!- la mujer lo miró y chasqueó la lengua disgustada- ¡A ver si viene el autobús de una vez!- rezongó mirando al frente totalmente resuelta a no hablar más con ese desconocido de mal agüero.
No sé para qué abro la bocaza, pensó Guillermo y volvió a cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro.
Ya dentro del autobús, observó que el pájaro no se movía, y, extrañamente, aunque su forma física fuera de tal, ya no parecía un ave, ya no parecía nada; la muerte lo había despojado de su ser. La Parca es una novia codiciosa que se apropia de lo importante: el feliz vuelo de un pájaro o la sonrisa de alguien que desconoce que tras su último parpadeo, no volverá a ver la luz.
Con el chirrido de las puertas al cerrarse, el bus rodó por la avenida y Guillermo aprovechó para echar un vistazo a su plan de trabajo. Iba bastante atrasado, aún no tenía ni idea de cómo sintetizar las proteínas para fabricar el complemento alimenticio que, como parte de su tesis, debía tener listo en tres meses. Aun estaba en la primera etapa, la «transcripción», donde el ADN se transcribe en ARN mensajero, éste debe contener la información necesaria para la síntesis de proteínas, pero algo se le escapaba y la fase de «traducción» se le estaba atragantando. Pensó que tendría una reunión con su mentor, puede que aún estuviera a tiempo de cambiar de proyecto o puede que debiera abandonar el doctorado y conformarse con un trabajo como técnico en análisis clínicos… como le decía a menudo su madre, siempre podría retomar más adelante y quién sabe si…
-¡Última parada!- vociferó el conductor al ver que no se apeaba- ya hemos llegado chaval, ¿qué, no tenemos ganas de currar, eh? ¡Cómo se nota que estamos de lunes!
Tras reírle la manida broma al chófer que aun seguía carcajeándose al arrancar, enfiló la Avenida Ramón y Cajal donde, tras una escalerilla festoneada de cipreses enanos, brillaba la cristalera de la puerta de entrada al laboratorio. Caminó un poco de lado y sin pisar firme evitando así que se abriera la puerta automática y poder atisbar dónde estaba el guarda de seguridad y si había algún compañero a la vista.
-¿Qué coño haces?-Míkel, era Mikel acompañado de tres chicas, una de ellas mascaba ruidosamente un chicle y se le quedó mirando, esperando su respuesta.
-Estaba esperándote- arguyó Guillermo.
-¡Pues ya estoy aquí! -Míkel le palmeó la espalda y se dirigió a su club de fans- ¡Es que no sabe estar sin mí!- Dos de las chicas rieron, la mascadora infló un globo de chicle que, al estallar, dejó en el aire un olor a melocotón. Guillermo odiaba el melocotón, bueno no la fruta, el olor empalagoso de caramelos y golosinas con ese sabor. Al rebufo del pequeño grupo entró sin problemas.
-Bueno, voy a ver si veo a mi mentor- concluyó Guillermo al final del pasillo donde, enumeradas, estaban las distintas salas de trabajo. Observó que la chica melocotón lo miraba sin apenas pestañear (y sin dejar de mascar)- es el doctor Mendoza- le dijo como si fuera un terrible secreto a la chica, que no dijo ni mu. Volvió a cambiar su peso de un pie a otro y los vio alejarse.
Perdió veinte minutos buscando al doctor Mendoza que no aparecía por ningún lado; así que se dirigió a su sala de trabajo, a seguir con su dichoso proyecto. Sacó la placa de Petri donde depositó un pequeño grupo de células eucariotas y encendió el mechero Bunsen para calentarlas un poco, depositó allí la placa y, de improviso, la puerta se abrió estrepitosamente, golpeando con furia la pared; desde donde estaba, Guillermo podía ver a Míkel de costado con una mano que, evidentemente no era suya, aferrada a su nuca, revolviéndole el pelo engominado. Dos o tres traspiés vacilantes hacia dentro y ambos aparecieron: Míkel y la chica melocotón enzarzados en un boca a boca y un frufrús de rozamiento que amenazaba con echar chispas. Sin dejar de hacer lo que se traían entre manos y avanzando adosados, llegaron hasta donde él estaba, con su inocente placa de Petri al suave calor del mechero Bunsen…¿Qué hacer, saludar y salir de allí? La situación era bastante delicada y no soportaría otra vez la mirada sin pestañeos de la chica melocotón, acabaría tropezando con algo…Se puso en cuclillas y pasó a la parte de atrás de la encimera a esperar que Míkel rematara, suplicando para sus adentros que ojalá su amigo no se anduviera con florituras y fuera al «aquí te pillo, aquí te mato».
Tras unos grititos y algún que otro cimbreo que hizo vibrar tubos de ensayos, la cosa acabó y ambos salieron de allí mucho más sosegados de como entraron. Sudando y con las rodillas doloridas, Guillermo se enderezó y recordó sus células, que, a estas alturas ya no serían ni eucariotas ni nada que se les pareciera. Al retirar la placa vio que la solución se había transformado en una especie de cultivo espeso que parecía tener vida propia, o que algo nadaba en él, además, ¿se lo parecía o aquello brillaba? Apagó la luz y ¡Sí! lo que fuera que había en la placa brillaba tenuemente en la oscuridad; despedía una luz cambiante, a veces verdosa, otras azulada, otras roja y rosa…Lo puso al microscopio y lo que pudo ver fue una especie de cultivo repleto de microorganismos con unas formas que jamás había visto. Los había en forma de rombo, de círculos, helicoidales, otros parecían la forma del símbolo del infinito…y no paraban de moverse, elegantemente, sin tropezar unos con otros; se asemejaban a bailarines acuáticos entrelazándose y formando figuras más complejas, era hipnótico contemplarlos. Guillermo, extasiado suspiró y las figuras parecieron oírle, parando durante unos segundos de bailar. Sin dejar de mirarlos rozó levemente con un dedo aquel cultivo, era suave y tibio al tacto, como una caricia…
-¡Qué demonios…!- se dijo
-¿Hola?- era Begoña, la chica por la que suspiraba desde primeros de carrera; Begoña que le miraba sonriendo con sus paletas separadas y con su pelo rizado e imposible de manejar flotando como un aura sobre su rostro-Mi mechero bunsen no enciende, ¿has acabado con el tuyo?- Guillermo la miró sin comprender, aun con la boca abierta por lo que estaba contemplando- ¿Me lo prestas un momento?-continúo la chica
-Ssí, sí- logró decir. Cogió el mechero y, al acercarlo a Begoña sus manos se rozaron… Algo pasó, una especie de «clic» que no oyó nadie pero que parecía haberse oído en todo el Universo. Segundos de silencio y Begoña que, sin dejar de mirarle a los ojos habló con una voz suave, como de ronroneo gatuno
-¡Qué bien huele aquí! ¿eres tú o es eso sobre lo que estás trabajando?
Guillermo vio por el rabillo del ojo que, en un punto del dorso de la mano de la chica, allí donde él la había rozado, un pequeño punto de luz que cambiaba de color, del verde al azul, de éste al malva, al rosa… empezaba a languidecer.
-No sé- acertó a decir Guillermo y ahí se quedó, pasmado, pensando qué acababa de ocurrir.
-Luego te lo devuelvo- dijo Begoña ya al lado de la puerta, se volvió hacia él, se frotó la mano, ladeó la cabeza mirándolo y salió.
Estos no son células eucariotas, se dijo Guillermo, esto es…y, como un relámpago recreó la escena de los furibundos amantes de antes, ahí suspirando y dale que te pego justo al lado de su placa puesta sobre el mechero… ¡pero no! ¡No puede ser! ¡Vamos…que no! Aunque ellos estaban haciendo el amor, prácticamente sobre su cultivo… ¿y si hubiera sintetizado el Amor en una placa de Petri? Después de todo, los grandes avances en medicina, genética y todo eso, se habían conseguido por casualidad, por accidente, como le pasara a Alexander Fleming en su cultivo de moho…Con cuidado cerró la placa, que ahora parecía brillar con más fuerza, la metió en su mochila y corrió a casa. De momento no se le ocurría un plan mejor.
Una vez en su apartamento, decidió no conservar la placa en el frigorífico, sin saber muy bien por qué, aquello le parecía un tremendo error. Todo el día anduvo poniéndola aquí y allá, sin querer perderla de vista; cuando llegó la hora de dormir, lo dejó sobre su mesilla de noche y se acostó pensando que le costaría mucho conciliar el sueño pero, nada más apagar la luz, cayó rendido, inmerso en un sueño profundo, lleno de colores que cambiaban de tonalidad y bailaban con él, colores que, en la realidad, con Guillermo en plena fase REM, inundaban su habitación, se metían entre sus sábanas, su pelo, entraban y salían de su nariz; la placa refulgía iridiscente y es que, Guillermo, soñaba con Begoña, y en sus sueños, la llamaba Bego y le peinaba su melena rizada mientras ella reía mostrándole sus paletas separadas y algo más…
A la mañana siguiente ya tenía un plan, no ir al laboratorio y ver cómo podía demostrar empíricamente su hipótesis, esa es la labor de todo científico que se precie. La reacción de Begoña cuando estuvo expuesta a la sustancia fue muy curiosa y prometedora, pero no era definitoria, podía haberse tratado de un momento raro…así que armado con un cuentagotas cargado con, exactamente dos gotas del cultivo, hizo una visita a su vecina. Le pidió por favor si le dejaba coger un momento a su gato en brazos, quería comprobar si la vacuna que se estaba poniendo para su alergia funcionaba.
-Quiero restregarme un poco con él- explicó sonriendo nerviosamente- y ver si me salen ronchas.
-Bueno, está bien, por mí no hay problema, tú sabrás- dijo algo descolocada su vecina- ¡pero ojo, que desde que está castrado pesa un quintal y es un poco desconfiado!
Tarde, ya era tarde, en uno de esos pretendidos restregones, Guillermo ya había inoculado la sustancia en el oído del gato y éste estaba a punto de propinarle un buen mordisco a su nariz cuando se quedó quieto, mirando con la cabeza ladeada, el gato comenzó a ronronear primero sordamente, después tan fuerte que la vecina y él tuvieron que levantar la voz para oírse.
-¿Qué le pasa?- preguntó la vecina mientras observaba alarmada el hilo espeso de babas que le colgaban al gato por las comisuras del hocico- qué raro todo-¡Aníbal!
El animal al oír a su dueña se encaramó de un salto a ella y comenzó a amasarle el pecho rabiosamente.
-¡Aníbal, que me haces daño!- oía decir a la vecina mientras ésta cerraba la puerta.
Guillermo corrió a su apartamento y anotó en su cuaderno el tipo de sujeto, el día y la hora de inoculación; en el apartado de imprevistos anotó: Gato castrado; reacción ante inoculación, vigilar sujeto de investigación. No hizo falta tal pesquisa. La información le llegó de la mano de su vecina quien, toda apenada aporreó su puerta a las siete menos cuarto de la mañana.
-¡Aníbal se ha escapado! ¿Está contigo? ¡Como pareció cogerte tanto cariño…!- ante la negativa de Guillermo prosiguió alarmada- ¡Saltó por el balcón y vivimos en un séptimo!
La vecina se alejó lloriqueando y diciendo no sé qué de compartir por Facebook la búsqueda del minino. Ese mismo día, Guillermo fue al parque de perros cargado con su cuentagotas y ¡aquello fue glorioso!. El amor se abrió paso y ni dueños ni correas fueron impedimento alguno, durante semanas, en las cafeterías del barrio, se habló de la gran orgía perruna acaecida en el parque.
El experimento funcionaba, estaba claro y, ahora, ¿Qué hacer con él? Durante el resto de la semana iba y venía del laboratorio sin adelantar nada en su proyecto inicial. Faltó a la cita que le asignó su mentor y, en su cabeza, sólo resonaba una pregunta: ¿Debía probarla con humanos? Sin duda ese era el próximo y lógico paso, pero dudaba y la duda en cuestión era acerca de la moralidad de tal hecho pues, quedaba patente que el sujeto inoculado con el cultivo no podía controlar su impulso amoroso y lo llevaba a término haciendo lo propio con quien tuviera a mano. No era capaz de decidir qué hacer y llamó a Míkel quien esa misma noche en el apartamento de Guillermo, no paraba de burlarse de las explicaciones que éste le daba y, particularmente se descojonaba cuando le describió la escena del gato Aníbal y la orgía perruna.
-¿No me crees?- rebatía Guillermo- pregunta en las cafeterías del barrio acerca de lo que ocurrió en el parque de perros.-
-¡Sí colega! ¡No tengo otra cosa mejor que hacer que preguntar a borrachines si últimamente han visto a perros follando como locos!
Guillermo no sabía qué hacer para convencerlo y, en un intento desesperado, agarró a Centella, su cobaya, le inoculó una pizca de la solución en el oído y volvió a depositarlo en su urna acompañado de una figura de Son Goku…Y ocurrió…Míkel no podía despegar la nariz del cristal de la urna asistiendo pasmado al asalto amoroso que Centella inició contra la figurilla: lo mordía rabiosamente en la cabeza, se restregaba espasmódicamente con él y lo enterraba bajo las virutas del suelo de su jaula para, tras unos segundos, volver a desenterrarlo y comenzar de nuevo.
-¿¡Entiendes ahora mis dudas, entiendes!?- gritó triunfante Guillermo.
-Entiendo, entiendo. Tío, tenemos que patentar esto; ¡nos haremos de oro, nos lo quitarán de las manos! Tú déjame a mí la placa donde conservas esa mierda y yo me encargo; ¡será la bomba, el descubrimiento del siglo! Casi estamos acariciando el Nobel, la fama mundial, el dinero a espuertas…
-¿Qué dices? ¡No, no, de eso nada! Debemos ensayar primero en seres humanos; llevar a cabo el estudio entre, digamos, tres mil voluntarios, y actuaremos en consecuencia. Esto puede ser peligroso, Míkel, podemos desatar una pandemia que ríete tú del COVID. Podría convertirse en una plaga de proporciones bíblicas. ¡No, ni hablar!.
-Claro, tienes razón, debemos ensayar antes con humanos- al decir esto, Míkel lo miraba con una extraña luz en los ojos- Voy a mear, ahora hablamos tranquilamente.
Cuando volvió del váter, Míkel sirvió dos copas y le pasó una a Guillermo
-Brindemos por el futuro, colega- ambos bebieron
A la mañana siguiente Guillermo despertó muy tarde. El sol entraba con fuerza por la ventana y reverberaba en el cristal de la jaula… Centella… estaba ¿muerto? Una pierna de Son Goku asomaba entre las virutas, tenía la punta del pie toda roída y descolorida; fue a cogerlo y, la cobaya, saltó de repente reclamando a mordiscos su propiedad.
-Lo siento Goku- murmuró bajito Guillermo- en peores plazas habrás toreado, ¿no? Y de repente algo golpeó la puerta de su memoria queriendo abrirse paso como fuera. ¿Qué había ocurrido, cuándo se fue Míkel y, sobre todo, dónde está el mejunje, dónde?
La comprensión fue devastadora, él, Guillermo, se había convertido en el sujeto humano para el ensayo; Míkel debió de suministrarle la sustancia en la bebida y después…¡Oh, después!. Como en oleadas le venían imágenes de su amigo hablando y de cómo a él le parecía que todo lo que salía de su boquita, debía de ser verdad, era verdad, una verdad razonable y muy bien explicada. Recordó cómo le susurraba al oído mientras le acariciaba el cogote y recordaba que, el hoyuelo que Míkel lucía en la barbilla le parecía tremendamente atractivo, quería morderlo, hundir su dedo en él…y los pantalones de Míkel, concretamente esa bragueta con botones en vez de cremallera resultaba tan sugerente…Una imagen lo sacudió como un rayo: Guillermo de rodillas, ante la bragueta de Míkel, desabrochándola…
Tuvo suerte de que Míkel estuviera aun en casa cuando aporreó su puerta, éste abrió y retrocedió unos pasos hacia dentro cuando se percató del siniestro aspecto que Guillermo lucía, con los pelos revueltos, descalzo y los ojos enrojecidos y legañosos
-¡Tío- exclamó- ¡No te sienta nada bien beber, ¿eh?! -Pestañeó un par de veces al ver que Guillermo no respondía y contraatacó-¿No te has duchado? Puedes hacerlo aquí si quieres- Guillermo vacilaba y ahí podría haber acabado la cosa si el trepa de Míkel no hubiera continuado preguntando estupideces- Hoy vamos a hacer lo que acordamos anoche, te acuerdas, ¿no? Te pareció un plan perfecto.
Fue como si le echara sal sobre las heridas. De repente Míkel le hizo darse cuenta de que Son Goku y él habían corrido la misma suerte. La sonrisa se congeló en la cara de Míkel cuando vio que su amigo le enseñaba los dientes fuertemente apretados. Guillermo apartó a su amigo, entró y con paso decidido fue a la cocina, en la encimera, brillando suavemente estaba la placa de Petri y, justo al lado un expositor de cuchillos de cocina a cada cual más afilado.
-Escucha esto colega-Decía Mikel- es de una tal Janis Joplin, de los sesenta, ¡te va a flipar!
Al darse la vuelta Guillermo, que se había acercado sigilosamente a él, lo apuñaló una y otra vez en el pecho, una y otra vez, con puñaladas certeras mientras, por la habitación se escuchaba a todo volumen «Piece of my heart»
-Ahora eres un estornino de pico amarillo- le dijo a Míkel mientras éste, desde el suelo, parpadeaba por última vez- Un estornino de pico amarillo que ya no lo es.
Aun lloraba cuando vertió el contenido de la placa por el sumidero del fregadero que se lo tragó con glotonería. Esa primavera la ciudad padeció una plaga de cucarachas y ratas como jamás se vio desde que hay estudios.
Pobre Goku…
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Jeeje. Gracias por leer
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Madre mía, qué final. No lo esperaba, muy original. Me ha ido enganchando poco a poco.
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Gracias por tus palabras y por leer.
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