Faltaban ya siete días para Samhain cuando al niño le crecieron unas orejas que en nada se parecían a las de todo hijo de Dios. Eran puntiagudas y cubiertas de un fino vello de color dorado. Con esas orejas, que el niño podía mover a su antojo. Bien estiradas y bien abiertas, el pequeño se llegaba hasta la linde del bosque. Sentado durante horas, permanecía quieto y sonriente. Parecía que escuchara la más linda de las canciones.