
En esta entrada quiero hablar del estigma que, en sociología, es un rasgo, condición, atributo o comportamiento que hace que la persona portadora sea incluida en una categoría social a cuyos miembros se les ve como inaceptables en nuestra sociedad, por lo que son son vilipendiados y condenados al ostracismo. Sin duda hay innumerables ejemplos de individuos, etnias y colectivos, estigmatizados; pero quiero remontarme a la historia de nuestra especie, a dos ¿personas/personajes? que se les puede considerar como «los padres» de los estigmatizados: Lilith y Caín.
Lilith fue la primera esposa de Adán; el texto rabínico explica que « creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» pero Adán y Lilith nunca hallaron armonía juntos ya que cuando copulaban, esta se sentía ofendida por la postura acostada que él le exigía: «Por qué he de acostarme debajo de ti-preguntaba- yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual». Así que la primera mujer se sentaba a horcajadas sobre el primer hombre y cabalgaba libre con su ondulante pelo rojo al aire.
Hay muchas y muy variadas explicaciones al respecto, que si el ofendido era Adán, que si era la misma Lilith, pero no sería descabellado suponer que, en último término el ofendido fue el mismo Dios al comprobar que el primer hombre sobre la tierra como consecuencia de la ocurrencia de su compañera descuidaba las tareas del Edén que consistían en adorar a Yahvhe sobre todas las cosas. De modo que en una de estas estaban cuando Lilith pronunció en voz alta el nombre de Dios y acto seguido fue elevada por los aires y expulsada del Edén, fue reemplazada por Eva (creada con la costilla de Adán) mucho más obediente y menos ardorosa, cabe esperar.
De Lilith se cuenta que aterrizó en las tierras yermas de fuera del Edén donde se dedicó a copular con los ángeles caídos dando a luz a demonios llamados Lilim, convirtiéndose ella misma en una especie de bruja/súcubo que por las noche robaba a los recien nacidos de sus cunas para alimentar a sus hijos. Ya tenemos al primer estigmatizado a causa de su conducta y era una mujer.
Tomemos ahora a Caín, hermano de Abel, hijos ambos de Adán y Eva. Estos ya vivían fuera del Paraíso a causa del incidente con la manzana, la serpiente y, cómo no, Eva. Sin embargo los hermanos no se vieron privados de las visitas ocasionales de Dios; efectivamente parece que el Creador se interesaba por sus vidas y porque lo adoraran por sobre todas las cosas. Cuando esto ocurría Caín y Abel, igual que hacemos todo hijo de vecino cuando nos visitan, se afanaban en agradar a Yahvhe ofreciéndole todo lo que tenían.
Caín era agricultor y Abel pastor. El primero agasajaba a Dios con sus cereales, sus frutas y hortalizas, los primeros y más frescos de cada temporada. Abel sacrificaba su más tierno y más blanco corderito, derramaba la sangre del animal sobre la árida tierra como mandaban los cánones de la época y Dios se complacía, Dios suspiraba regocijado con su voz como de viento; Dios acariciaba la cabeza de Abel y lo bendecía. De la cosecha de Caín no decía ni mú, tampoco suspiraba ni acariciaba su testa…Y claro, ya sabemos todos cómo acabó el asunto, pero ¿Quién nos dice que Abel cuando se quedaba a solas con su hermano no presumiera de su estatus de preferido? ¿ Que no entonara el «Chincha rabiña…«? Es más ¿Cómo estamos seguros que no gozaba de información privilegiada acerca de las inclinaciones carnívoras del Hacedor y actuaba en consecuencia? Ambos seguían conociendo a algunos animales del Paraíso y allí todos los seres sabían hablar; quizá alguno se fue de la lengua, puede que alguna serpiente…
En fin, que Caín harto de doblar el lomo para nada y harto del trépala de su hermano, cogió lo que tenía más a mano, una quijada de cabra (ironías de la Historia Sagrada) y golpeó a Abel matándolo en el acto. Luego vino lo de «Acaso soy yo el guardián de mi hermano» y Caín acabó señalado, estigmatizado por el Dios persona/espíritu con una mancha sobre su frente, imperecedera y vitalicia, intergeneracional para más inri; y vagó por el mundo llevando su vergüenza y engendrando hijos con manchas del pecado más ominoso.
De modo que no sería nada extraño afirmar que todos somos hijos de Caín ¡Hosanna en la tierra!
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