
Caminabas bajo la lluvia sin paraguas, sin prisas con el impermeable desabrochado. Tus pasos resonaban con eco acuático sobre el asfalto. Parecían no pertenecerte, primero avanzabas y luego venia el “ploc”, avanzabas y “ploc”. El pelo pegado a tu rostro, la boca entreabierta y esa extraña luz en tus ojos me dejó paralizada en el portal. Te observé sin disimulo alguno, no hizo falta, tú no te fijabas en nada, solo avanzabas con los brazos colgando un poco por delante de tu cuerpo, detuviste tu marcha delante de un portal de la acera de enfrente, lo abriste y te quedaste unos instantes con la puerta abierta. Tu brazo la sostenía, pero tú te mantenías fuera, como si dudaras; al fin entraste y la magia se rompió. Ese impase que nos mantuvo a las dos como dueñas de un tiempo huérfano desapareció y volví a oír la lluvia, y volvieron a pasar los coches salpicando groseramente con sus neumáticos.
Decidí no ir al restaurante; envié un whatsApp disculpándome y volví a casa si haber pisado siquiera la calle. Subí y me quité el traje de parecer guapa, me borré la roja sonrisa de hacer amigos, me enfundé mis bragas de algodón de cuello alto, mi pijama de franela, lie un porro y lo fumé despacio, oyendo música. Esa noche dormí de un tirón.
Acababa de llegar a la ciudad más acogedora que pudiera imaginar, una ciudad desconocida, sin lugares ni recuerdos comunes, sin lazos con nada ni nadie. Todo era nuevo, pulido, brillante. No había fisuras ni bordes donde poder rascar los antiguos desengaños, anhelos, fracasos o triunfos. Nadie me conocía, a nadie conocía, podía inventarme un propósito que perseguir y podía inventarme un pasado que contar. Pero después de verte decidí inventarte a ti. No quería saber quién eras, quería imaginarte, dar un sentido a tu peregrina marcha bajo la lluvia.
Al día siguiente, en el trabajo me interrogaron sobre el motivo de mi ausencia en la cena, di un par de excusas que convencieron a todos y me marché antes arguyendo otro par de tontas razones.
Una vez en la calle esperé a que alguien saliera de tu portal para hacerme la encontradiza y poder acceder al vestíbulo, en ese momento alguien más salió del ascensor así que subí al piso tres, conté hasta veinte y bajé de nuevo; atropelladamente hice fotos de los buzones rogando que tu piso no fuera uno de los que no lucía membrete.
Empecé la búsqueda con los nombres femeninos, pero ninguno dio resultado. Un par de pisos estaban a nombre de consultas jurídicas y psicólogos… ¿estarías allí para una visita de urgencias a uno de ellos? No quise pensarlo y proseguí con los nombres masculinos. Los rastreé a todos por todas las aplicaciones sociales y de pronto, en el perfil de alguien, en una de esas fotos donde un montón de gente pone cara de felicidad te encontré, allí estabas, sonreías tímidamente, de forma ladeada y tampoco mirabas directamente a la cámara. ¿Habrían etiquetado a todos? Pasé el cursor y ¡sí, todos con nombres y apellidos! Bendita ingenuidad anónima y bendito Internet. Con un ligero temblor de manos anoté tu nombre y fui a ducharme, retrasando el momento de encontrarme contigo, de adentrarme en tu vida, de contarte.
El teléfono zumbó sobre la encimera de la cocina, era Adela y decidí cogerlo, Adela solía ser una de esas personas insistentes, que no admiten la callada por respuesta. Con un suspiro atendí la llamada. Tras al menos quince minutos de conversación vacía quedamos para desayunar a la mañana siguiente, prometí no faltar, cuando colgué, el reloj marcaba las doce menos cuarto así que cogí el portátil y me metí en la cama, a la mierda la ducha, proseguí la búsqueda. Introduje tu nombre en el Facebook y vi que no lo usabas, lo tecleé en el buscador y un enlace me llevó hasta YouTube, un video tuyo, una especie de presentación en inglés para una marca de móviles. Aparecías sentada tras una mesa blanca y antes de oír tu voz congelé la imagen. Eras alta y de complexión fuerte, sin ser gorda, llevabas una chaqueta azul marengo con un top blanco debajo. El pelo suelto y liso te llegaba a los hombros, el flequillo peinado a un lado, una tarjeta de identificación colgaba de tu solapa, parecías muy profesional, pero en tu mirada se soslayaban muros de agua en los que nadabas para mantenerte a flote.
Te habías criado sin madre, decidí, no pasaste penurias económicas ni te criaste en un orfanato tipo Oliver twist; tu padre te quiso y te cuidó, pero se volvió a casar cuando mejor estabais, cuando erais el uno para el otro y aunque tu madrastra fue una mujer amable que nunca se interpuso realmente entre los dos, su sola presencia creó un mundo para tres, y tú echabas de menos tu isla desierta. echabas de menos sentarte bajo la palmera y escuchar el mar. Le di al play:
-Hi- dijo tu voz de un sorprendente tono infantil- my name is Marina Díaz. I am an engineer and…
Paré de nuevo la grabación y quedaste con la boca abierta, daba la impresión de que ibas a echarte a llorar y, a golpe de pensamiento, te trasladé a la salida del colegio de una tarde de principios de junio, el sol se pegaba a la espalda del jersey azul del uniforme y te hacía sudar. Llevabas la mochila colgando de un solo hombro y exagerabas una cojera debido a un raspón en la rodilla, ibas sorbiendo mocos y lágrimas, miraste a los padres amontonados en la salida con tus grandes ojos iluminadores y allí estaba ella que te abrazó y te consoló mientras papá hablaba con otros hombres y sonreía satisfecho, tuviste que apretar fuerte los puños para no morderla.
Sí tenías cuenta en Twitter y desde tu última entrada caminé hacia atrás donde un tuit tuyo daba cuenta de tu ingreso en la red social tras la insistencia de tu amiga. En esta foto llevabas el pelo recogido en una coleta, tus mejillas eran más redondeadas y hacías el signo de la victoria:
– ¡Hasta el infinito y más allá! – decías ¡La Uni nos espera!
Sonreías abiertamente dejando ver una de esas dentaduras donde se ve mucho la encía, pero tus ojos seguían siendo dos faros que me pedían que te inventara…
Fuiste a un instituto de chicas. Buena estudiante, como cabezona que eras te ganaste tus notas a base de hincar codos y perseverar, tu falta de esa brillantez con las que algunas parecían estar bendecidas para salir de todo casi sin esfuerzo lo suplías con madrugones en épocas de exámenes y fines de semanas encerrada en casa atiborrándote de dónuts. Con una graciosa mueca que ya te doy por característica, apartabas las críticas a tu incipiente sobrepeso y te reventabas los granos delante del espejo del baño.
Llegaste al último curso de Bachillerato sin besar a nadie y cuando Alfredo te preguntó aquella tarde si dabais una vuelta sabías perfectamente qué buscaba, sabías que tenía que pasar y dejaste que pasara. La experiencia te dejo dolorida, con su olor prendido en tus bragas, pero sobre todo te dejo sorprendida por lo prosaico del asunto. Nunca volvisteis a hablaros siquiera y ni te paraste a pensar si se lo contaría a sus amigos, simplemente lo olvidaste porque ya estabas preparada para buscar de nuevo tu isla y tu palmera.
Durante el primer año de Universidad apenas dejaste entradas. Alguna que otra foto de botellas de ron, una muy curiosa de zapatos ordenados por colores y crípticos tuits de ánimos a ti misma. En uno de ellos decías que volvías a casa en vacaciones y ponías eso de “ver a tu Dolores, Lolita, Lola” y ese es el nombre que le pongo a tu madrastra a la que has aprendido a apreciar e incluso a echar de menos, nunca hay referencias a tu padre ni a ningún chico, ¿Sabes lo que quieres? No, te respondo, es que estás terriblemente sola.
Estás ya en el último año, y cuelgas una foto donde abrazas a un perro de color marrón que mira a la cámara con la lengua asomando por un lado de la boca y sonríe más que tú que apareces con el pelo corto a trasquilones; Tu tuit: “Llegar a casa, mantita, sofá y su cariño… ¡nada mejor!”
Lo sé, te susurro, lo sé y sigo bajando entradas. En esta última que es del año pasado, apenas siete meses, apareces con un chico, los dos vestís ropa deportiva, tu tuit: “Senderismo y acampada, la montaña y la estrellas” En esta foto sí sonríes, pero tus ojos brillan menos. Decido que para sonreír de verdad eres de las que cierran los ojos, de las que, para mirar de verdad, deben mirar hacia dentro, forjándote tú misma la imagen que quieres, aunque no tenga nada que ver con el modelo original.
En algún momento me quedo dormida, pero sueño contigo, estás en una cama de sábanas muy blancas de seda, estás desnuda, te mueves despacio sobre un chico, pero tus ojos están vendados, porque para sentir no debes ver, debes imaginar. El chico intenta abrazarte, pero no lo dejas, él insiste y tú paras el movimiento y te quitas la venda, entonces él desaparece; tú te sientas en la cama y me miras directamente a mí y yo fijo mi mirada en un cuadro colgado en la habitación, es de una una isla con palmera y el mar rodeándolo todo.
De todas tus entradas, esta es por ahora mi favorita. Bella exploración de una vida soñada.
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Gracias Pablo
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Preciosa y profunda entrada
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