A veces el diablo se divierte.

Esta vez estaba segura de que el momento había llegado. El momento de Anaideia; esa diosa irreverente y provocadora . Carente de pudor y sobrada de desparpajo, siempre atenta a satisfacer sus necesidades físicas y espirituales sin juicios morales sobre el bien o el mal. Anaideia, ajena a toda misericordia, piedad o clemencia, lo opuesto a la cursi Eleos…

–Anaideia– susurró a su propia imagen que la miraba desde el reflejo de la ventana. Llevaba escondida en el jardín de esa casa una hora y media–Anaideiarepitió de nuevo, y su otro yo le devolvió la mirada con un feroz brillo de alegría ardiendo en los ojos.

Su verdadero nombre era Dulce María. Odiaba a su madre por ello, por haberle puesto ese nombre y porque le recordaba todo lo que había dejado atrás: Una sarta de fracasos, miedos y mentiras. Ella nunca había sido Dulce María, esa niña enclenque fruto de una cana al aire echada por una viuda en los albores de la menopausia. Su madre la había llamado así como forma de expiar su salida de tono dando al fatal alumbramiento el nombre de la virgen entre las vírgenes. ¡Qué hija de puta! Solo recordar su cara de lechuza la llenaba de ira.

Antes solía preguntarse quién sería su padre. Observaba y memorizaba los gestos y la forma de hablar de todos los hombres que visitaban su casa, solos o en compañía de sus esposas, para ver si lograba encontrar alguna conexión, algún parecido o algún gusto afín que le diera una pista. Una vez creyó haberla encontrado en el secretario de la parroquia de Santa Magdalena, donde su madre era catequista desde que ella recordaba. El hombre en cuestión, de nombre Nicolás, era más que delgado, era enclenque y pálido, como ella, de aspecto enfermizo, como ella y, cuando escribía sus informes para la parroquia, dejaba asomar la punta de la lengua hacia el lado izquierdo ¡como ella cuando hacía los deberes!

Durante unas cuantas semanas se sintió casi feliz, casi completa. Acompañaba voluntariamente a su madre hasta la parroquia todos los martes y viernes de cuatro a seis de la tarde y en cuanto esta se dedicaba a torturar con verdadero entusiasmo y ardor cristiano a los “futuros cimientos de la Iglesia”, ella se deslizaba hacia la secretaría y observaba en silencio a Nicolás quien, tras sonreír, le ofrecía caramelos de anís y volvía a sumergirse en sus quehaceres dejando asomar la lengua mientras escribía. Nunca supo cómo se enteró su madre de esas visitas a Nicolás, fue muy cuidadosa al respecto y, siempre, al menos diez minutos antes de que acabaran las clases, ella estaba de vuelta al aula parroquial coloreando láminas de ángeles cariacontecidos y santas en pleno éxtasis espiritual aunque estuvieran siendo torturadas.

Fue un breve tiempo de felicidad que la asquerosa lechuza se encargó de destrozar. Una noche después de cenar su madre entró en tromba a su habitación:

–¿Qué crees que estás haciendo niña estúpida? ¿Cómo te atreves a molestar al bueno de Nicolás? ¿Acaso te sientes atraída por él, es eso, quieres buscarle problemas? ¡Pues que sepas que en el infierno hay un lugar reservado para las niñas sucias y pervertidas que arruinan a los hombres de Fe!— Todo esto lo dijo sin respirar siquiera, subiendo y bajando el tono de voz, retorciéndose las manos como si temiera lo que pudieran hacer si las dejaba libres. Tras unos segundos de silencio la entonces Dulce María trató de explicar:

–Sé que es mi padre —dijo muy bajito y estaba buscando las palabras para tranquilizar a su madre y decirle que no se preocupara cuando el bofetón que ésta le propinó hizo que su cabeza chocara con la puerta.

¡Tú no tienes padre!

¡Sí tengo padre! —Anaideia habló a través de ella por primera vez– ¡Y necesito saber quién es!

–¡Sí tienes padre! Pero él ni te necesita ni te quiere–La miró sonriendo como si acabara de desvelar una gran verdad que estaba deseando decir a los cuatro vientos–¡Que no se vuelva a repetir!

Mientras los pasos de su madre resonaban escaleras abajo, Dulce María se miró al espejo por última vez: Anaideia le sonreía desde el otro lado. Anaideia se encargaría de todo a partir de ahora. Anaideia le enseñó muchas cosas desde entonces, le susurraba al oído qué debía hacer para avergonzar, humillar y atemorizar primero a su madre, después a todo aquel que la hiciera sentir mal y, unos meses más tarde simplemente avergonzaba, humillaba y atemorizaba porque eso la hacía sentir de maravilla.

La noche que Nicolás fue atropellado por un coche que se dio a la fuga, ella, que estaba fumando maría subida al viejo nogal del jardín de casa, lo había visto todo. Llevaba el móvil en el bolsillo del vaquero, pero no llamó a emergencias, se acercó a él y observó maravillada cómo su cuerpo estaba totalmente retorcido en ángulos imposibles, su boca era una mancha roja de sangre que le escurría hacia el pecho, sus ojos aleteaban incansables en un gesto que le pareció casi coqueto. Anaideia se acuclilló a su lado y rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar caramelos de anís. Los saboreó mientras miraba esos ojos que, poco a poco, dejaron de aletear y quedaron abiertos, ofreciendo el brillo de unas lágrimas que pronto, se tiñeron de rojo. Cuando se levantó para entrar en casa, conmovida ante tanta belleza, la vieja lechuza la estaba mirando.

Creo que papá ha muerto. ¿Piensas que habrá ido al cielo?–Preguntó con una beatífica sonrisa. Su madre casi se cae de culo, la hija de puta estaba cagada de miedo. Anaideia subió a su habitación teniéndolo más claro que nunca: había que dar el siguiente paso, suspiró ante la idea y el corazón le latió alocado: Tenía que encontrar, ¡No! Tenía que elegir a alguien y matarlo.

Tras dos semanas de seguimiento todo estaba preparado. Sabía de memoria todos los movimientos del viejo, a qué hora se levantaba, qué día recibía a la chica de ayuda a domicilio, por dónde solía salir a caminar e incluso sabía cuántas veces se levantaba a mear durante la noche: tres veces, con un intervalo de tres horas a tres horas y media entre la segunda y la tercera meada. Una noche estuvo contemplando cómo dormía oculta en un rincón del cuarto, casi se decide a hacerlo esa vez, pero algo en la cara del viejo la detuvo, estaba soñando y tenía una reconocible expresión de placer que le recordó a lo que ella sintió viendo morir a Nicolás; Anaideia pensó que el viejo verde estaba soñando con algo que lo ponía cachondo. Decidió que lo mataría mirándolo a los ojos, con la polla encogida de miedo, no medio empalmado y feliz. Salió por la ventana y justo cuando pisaba el suelo, el viejo abrió los ojos y la observó alejarse hasta que su figura se difuminó en la lejanía.

Alfredo Schnaitter, de setenta y dos años, era hijo de un hombre de negocios alemán que vino al país al término de la II Guerra Mundial. Alfredo se parecía mucho a su progenitor: era alto y fuerte como él y sabía y gustaba de oscuridades, como él. Su padre le enseñó a estar siempre alerta y sabía de sobra que estaba siendo observado y seguido por esa extraña chica. La había reconocido en seguida, se podría decir que la había olfateado, ella también era una cazadora solo que aún no había aprendido a reconocer a un igual entre el resto del ganado. ¡Eso era tener mala suerte, sí señor! Pero a veces el diablo se divierte. Podría haber acabado con este insólito entuerto nada más empezar, pero la chica le recordaba a esa otra que escapó de sus garras por una jugarreta del destino: Mireia, tan delgada y frágil, con esos ojos grandes y oscuros que rogaban afecto al mirar, con esos gestos y andares que pedían todo tipo de caricias prohibidas…Mireia era su hijastra y, cuando enviudó decidió dar rienda suelta a sus deseos, Tenía todo un plan para despertar su amor, su curiosidad morbosa, para, digamos, reconducir su voluntad y hacer de ella todo lo que él quisiera, se cansaría pronto, lo sabía, pero hasta ese momento, se abría ante él una autopista de posibilidades que quedaron en nada. Mireia se abrió la cabeza y murió haciendo piruetas en el parque con el monopatín que él mismo le había regalado. En el velatorio que tuvo lugar en casa, los asistentes pensaban que estaba abrumado por el dolor y lo veían llorar asintiendo comprensivos y dándole palmaditas en la espalda. Alfredo lloraba de rabia, como un niño mimado al que le quitan su juguete nuevo y, cuando todo el mundo se fue, con los dientes apretados y aún llorando, se masturbó ante el ataúd abierto de su hijastra.

El día que Alfredo y Anaideia se encontraron cara a cara lucía un día espléndido, un día de esos que nos regala octubre en su última semana haciendo que recordemos el verano y sintamos deseos de que llegue el invierno. Cuando Alfredo salió a dar su paseo sabía que la chica estaba escondida en el jardín y decidió ayudarla un poco dejando sin encajar del todo la puerta de casa, volvió antes de tiempo y fingió no sorprenderse cuando la vio dentro

¿Eres la nueva chica de ayuda a domicilio?– hacía de maravilla el papel de viejo tonto– Creo recordar que algo me dijo tu compañera de sustituir no sé qué ¿Hoy es martes, no?

–Sí, sí– improvisó sobre la marcha Anaideia-– soy la sustituta—dijo componiendo su mejor sonrisa.

Pues sinceramente, espero que seas algo menos vaga que tu compañera, hace tiempo que le pido que me ayude a ordenar mi viejo gimnasio. Ven, ayúdame a bajar al garaje, te lo enseñaré.

Anaideia no podía creerse este golpe de suerte, él mismo caminaba hasta el matadero feliz y contento. Ya en el garaje, el viejo le mostró una habitación, esa era la que había que limpiar. Ella entró primero y se volvió cuando oyó cómo el viejo cerraba la puerta tras él. Lo miró y la sonrisa que vio en el rostro de Alfredo se lo dijo todo.

¡Oh Dios mío!– Dulce María había vuelto y Anaideia dejó de sonreír.

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