
Era jueves y se despertó sobre las siete de la mañana con la certeza, más bien la costumbre, de que este día le pertenecía solo a ella. Repasó mentalmente cada uno de los pasos que, jueves tras jueves, comenzaban con una taza de café mientras llenaba la bañera para un largo y perezoso baño. Se lo merecía, todo el mundo estaba de acuerdo en ello: conocidos, enfermeros y médicos del hospital que, a veces, le hablaban con una gratificante mezcla de piedad y admiración; le traían libros para que llenara sus horas sentada en el sillón junto a la ventana y hasta le hacían confidencias, le contaban chismorreos sobre tal médico o tal enfermera o le relataban cómo el enfermo de la habitación del fondo, había muerto solo, sin que nadie estuviera a su lado y le tomara la mano. Definitivamente, pensó, ella era una más. Era una pieza indiscutible e irremplazable de la planta de paliativos y crónicos. Sonrió y dedicó unos minutos a quererse, en el momento del clímax, hundió la cabeza en el agua y abrió los ojos…Era estupendo, era su «jueves de tranquilidad».
Cuando contestó la llamada, le costó unos segundos comprender lo que decían. Sí, sí, señora Snaps, le decían, debe venir al hospital y no se inquiete…es algo bueno…Algo muy bueno. Se dio cuenta que no sabía cómo romper la rutina de un jueves que debería ser como todos los jueves desde hacía 21 años; hasta fue difícil elegir la ropa: un vestido holgado de lana gris.. ¿medias o leotardos de lana? Se decidió por unas medias tupidas ¿negras o color carne? Color carne. Abrigo, bufanda y bolso negros. Ya en el ascensor del hospital se percató de que los zapatos que llevaba no eran en absoluto los adecuados, eran de color champán con tacones finos y afilados. Eran una nota discordante en su atuendo, desdibujaban del todo el mensaje que quería transmitir. Volvió a bajar hasta el subsótano y entró en el almacén de enfermería, cogió apresuradamente unos zuecos blancos muy desgastados y guardó los tacones en el bolso. Esta vez el espejo le devolvió una imagen acorde a la situación…Cierto que los zuecos no eran unos zapatos muy lógicos pero todos sabían quién era ella y lo verían de lo más normal.
Llegó al mostrador de la quinta planta haciendo sonar los zuecos sobre el suelo del pasillo. Una limpiadora que hacía avanzar el carrito de la limpieza se le acercó para abrazarla en un espontáneo gesto de cariño. Atrapada en aquel abrazo observó a cinco personas que la esperaban mirándola sonrientes: dos doctores y tres enfermeras. Una de ellas, sin poder esperar más, llegó hasta ella con una carrerilla casi infantil y la tomó de las manos arrastrándola hasta los doctores
—Buenos días Cathi. Oswald ha despertado. Después de tantos años ha despertado ¡Así, sin más! Si no fuera un hombre de ciencias creería que es un milagro—el doctor se fijó en el gesto crispado de Cathi— ¿Entiendes, querida?— ha despertado y ha preguntado por ti, No sabe dónde está ni por qué está aquí ¡Pero ha preguntado por ti! ¡Te recuerda! ¿No es maravilloso? Ahora, obviamente, tenemos que hacerle pruebas para determinar el alcance de las lesiones neuronales, si es que las hay—el médico le posó suavemente una mano sobre el hombro—ahora ve junto a él y trata de responder a sus preguntas suavemente, como cuando le leías los poemas de Whitman antes de dormir y, Cathi—el doctor le tomó la barbilla haciendo que le mirara a los ojos y ella sintió que ese gesto la hubiera llenado de felicidad ayer mismo, pero hoy todo era diferente—no tengas prisa en hacerle comprender, paso a paso. Eres fuerte, lo harás bien, estoy seguro de ello.
Cathi entró sola a la habitación, Oswald yacía en la cama todavía monitorizado y rodeado de cables y ruiditos rítmicos, la miró fijamente: su marido contemplaba a una mujer de 50 años, nada que ver con la joven de 29 incrustada en sus recuerdos. El desconocimiento se alzó entre ellos, casi se podía tocar como algo físico. La señora Snaps respiró hondo y compuso su mejor y más dulce sonrisa.
El mes de noviembre se acababa y en la habitación entraba y salía tanta gente, que Cathi ni siquiera podía oír sus pensamientos. Todos pasaban ante ella sin apenas saludarla, y no solamente médicos, enfermeros o celadores para llevarlo a hacerle pruebas, no ¡Incluso absolutos desconocidos! Durante la hora de visita, gentes que tenían sus propios enfermos, venían a ver a Oswald en peregrinación, le hablaban, tocaban e incluso rezaban ante él. Algunos portaban rosarios, otros querían encender velas…En este punto Cathi se plantó y fue al mostrador de enfermería para quejarse.
—Oh Cathi, claro que te entiendo—dijo la enfermera jefe Crabs que, a Cathi siempre le había recordado a un cangrejo, no sabía si por su forma de desplazarse o por cómo sonaba su apellido—todos te entendemos querida—repitió con voz suave y redondeando mucho sus labios—Pero tú también debes de entender que Oswald llame la atención de los enfermos y sus familias. Para ellos es un milagro, no sólo su despertar después de 21 años, también su recuperación es extraordinaria; hasta doctores de otros hospitales piden que se les informe de su evolución. He oído que quieren hacer una serie de conferencias sobre su caso, cuando Oswald esté enteramente recuperado, claro. Tu marido es la Esperanza personificada Cathi,
—¿Y tienen que encender velas?—Cathi se dio cuenta que la voz le sonaba aguda y chillona, incluso temblaba un poco—¿rezar rosarios, arrodillarse? ¡Ni que estuviéramos en Lourdes!
—¡Mira, ahí estoy enteramente de acuerdo contigo! Soy de las que piensan que entre estas paredes solo caben el conocimiento médico y la ciencia, únicos remedios que son capaces de curar y paliar el sufrimiento del enfermo—la enfermera jefe hizo un gesto de asentimiento con la cabeza—si por mí fuera, hasta me desharía de la capilla. Pero para la mayoría de las personas la fe es el mayor y más eficaz de los placebos. Me encargaré personalmente de ello: no más velas—la Crabs le dedicó una sonrisa llena de dientes que para nada tranquilizó a Cathi.
De regreso a la habitación Cathi se encontró a una pareja de jóvenes, recién salidos de la adolescencia a juzgar por sus granos, arrodillados, rezando juntos en voz alta, ojos cerrados, manos abiertas con las palmas hacia arriba en señal de petición…Pero lo que de verdad la irritó hasta la exasperación fue la actitud de Oswald: sentado en la cama, una mano descansaba sobre su regazo y la otra la tenía levantada con los dedos meñique, anular y pulgar casi tocándose, el índice y el corazón levantados como si estuviera bendiciéndolos…y el brillo de los ojillos…¿Siempre los había tenido así? Desde que había despertado, a Cathi sus ojos le recordaban a los de una suricata, redondos e inquisitivos, de mirada satisfecha y expectante…
—¡Fuera de aquí!—gruñó Cathi apretando los dientes.
Oswald los miró salir de la habitación como un rey que observa a su pueblo desde un balcón. Luego la miró y le dedicó una sonrisa.
—Ya falta poco para que me den el alta, cariño. Podremos volver a casa y a nuestros asuntos de cada día—Sus ojos de suricata la taladraban—¿Tienes ganas, verdad? Ha debido de ser agotador para ti.
Cathi se sentó en el sillón y a punto estuvo de decirle que lo agotador era esto: oír frases del tipo de «Comenzar de nuevo»; «Magníficas esperanzas»; «Grandes expectativas…» la única que la reconfortaba era la de «Retomar sus vidas», claro que ella prefería conjugarla en singular: retomar «Su» vida y Cathi decidió, en ese mismo momento, retomarla.
—Voy a tratar de dormir un poco— fue su respuesta, pero Cathi no dormía. Con los ojos cerrados Cathi volvía a esas mañanas camino al hospital con la seguridad de lo inalterable. Con la certeza de que al llegar, su sillón la estaba esperando bañado por el sol que entraba por la ventana y de sentirse la pieza central e indiscutible de una tragedia que ella no había buscado, pero que era suya y nadie tenía el derecho de arrebatársela.
Esa noche Cathi esperó a que Oswald cayera irremediablemente dormido gracias a los sedantes introducidos en su catéter como parte de su tratamiento, y aun esperó un tiempo más antes de marcharse a casa. Esperó a que toda la planta estuviera en silencio, a que la noche hiciera su trabajo y a que las enfermeras se retiraran a la sala de descanso durante una guardia que se prometía muy tranquila. Sobre las dos de la madrugada Cathi sacó de su bolso la jeringuilla cargada de insulina; Oswald era diabético desde niño y esto era uno de los principales escollos en su «milagrosa» recuperación. Cualquier contratiempo en sus niveles de azúcar en sangre podría ser devastador, le habían dicho los doctores con aires de grave preocupación. Cathi introdujo la insulina en el catéter y salió del hospital sin que nadie la viera.
La mañana siguiente, al entrar al hospital lo primero que notó fue el cambio de ambiente que la rodeaba: volvía a serle familiar y entrañable. Al penetrar en la quinta planta oyó carrerillas apresuradas y miradas posadas sobre ella haciéndola de nuevo presente, real, tangible. Oswald había entrado de nuevo en coma, le dijo la enfermera jefe Crabs pareciéndole más cangrejo que nunca ya que, mientras la informaba, daba unos pasitos torpes hacia delante, hacia atrás y hacia los lados. Cathi tuvo que esforzarse por no sonreír. El doctor la recibió en su despacho: ¡todo había sido tan inesperado! La diabetes había hecho acto de presencia y les había arrebatado de nuevo a Oswald. ¡Era toda una tragedia! De nuevo esfuerzo por no sonreír
—Ahora debes ser más fuerte que nunca Cathi—le dijo el médico dándole un ligero y casto abrazo—debes de volver a ser nuestra inspiración.
Cathi entró a la habitación, miró largamente a Oswald, cogió de la taquilla el libro de Walt Whitman «Brotes de hierba» y se sentó suspirando en el sillón junto a la ventana, esta vez sin embargo, introdujo una pequeña novedad: se ajustó a los oídos los auriculares y reprodujo en bucle la canción de los Turtles «Happy Together»; cerró los ojos: ¡qué ganas de que llegara el jueves siguiente!
Una genialidad . Enhorabuena.
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Muchas gracias.
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Tu mejor relato hasta la fecha. Sobrecogedor.
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Muchas gracias. Deseando mejorar y aprender en cada trabajo.
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