El Vigía.( Un cuento de Halloween)

Cuando nació, en una mísera cabaña junto al lago de Killarney, en una pequeña aldea en las montañas de Kilworth, todo fueron augurios y señales. Hubo una gran nevada en pleno verano que los mantuvo temblando de frío junto al fuego casi doce días. Una bandada de negros cuervos no les dejaba pegar ojo durante la noche. Tal eran las escandalosas conversaciones que entre ellos tenían, graznando y revoloteando hasta el amanecer.

El lago se tiñó de un color espeluznante que, según quién lo mirara, iba del rojo sangre al negro más negro que nadie vio jamás. Y para colmo de males, el recién nacido no tenía orejas y su boca se asemejaba al hocico de un zorro, con sus bigotes y todo.

La madre del pequeño desgraciado; cosa de lo más natural; se negaba a amamantarlo. Había que atarla para que alimentara a esta criatura.

En opinión de todos, si había nacido era por algo. No podían dejarlo morir de hambre sin saber a qué tipo de mal se enfrentarían si no lo cuidaban.

Gracias a Dios todo se solucionó. Una noche, una gran cabra negra con las ubres llenas de leche, entró en la cabaña . Sin decir ni mu, se tumbó junto al jergón del pequeño. Cuando la señora Hanlon arrimó al pequeñuelo a sus pezones, éste se aferró a ellos mamando sin descanso durante toda la noche, y en toda la aldea solo se oyó algún que otro balido de la cabra junto con suspiros de satisfacción del extraño niño.

Ni qué decir tiene que, tras este hecho, los cuervos volaron a lo más profundo del bosque y las aguas del lago volvieron a lucir su color parduzco de siempre. El verano volvió a lucir verde y templado.

Por más de siete años, la aldea recuperó su normal desenvolvimiento solo interrumpido por la aparición del niño y la cabra por aquí o por allá. Los aldeanos, cuando la extraña pareja entraba a sus cabañas, mirándolos en silencio como si conocieran sus más hondos secretos, se santiguaban hasta siete veces y hacía la señal de la Higa.

Por lo demás era un pueblo como otro cualquiera. Porque todos los pueblos que salpican los bosques guardan sus secretos y éste no iba a ser una excepción.

Durante estos años, a la cabra se le habían secado las ubres y, aunque seguía siendo la única compañía del niño, ya no podía alimentarlo y éste se dedicaba cazar, con gran destreza, todo tipo de animalillos. Pero cuando comenzó a comer gallinas y algún que otro cordero en vez de ratas, el descontento de los habitantes de la aldea se tornó en odio y comenzaron a apedrear a este hijo de los trasgos que les bufaba dejando ver unos dientes puntiagudos y feroces.

—¡Algo hay que hacer!— clamaban llenos de ira mientras el otoño se dibujaba en los árboles.

—¡Algo vamos a hacer!— respondió la señora Hanlon.

Esa noche, ella y los más ancianos se adentraron en el bosque. Buscaban una respuesta a sus desgracias.

A la mañana siguiente los ancianos anunciaron que tenían la solución.

Contaron que tras pasar casi toda la noche esperando, muertos de frío y temor. Mientras vigilaban un antiguo pozo, vieron a una sílfide sentada en el borde que cantaba una hermosa canción. Sintieron miedo, ya que las sílfides son inconstantes y de temperamento colérico. Poseen una fuerza muy superior a la de los hombres. Pero también es sabido que son presumidas y vanidosas en exceso. Por eso, atrayéndola con un espejo, lograron atraparla dentro de una jaula de cristal.

Contemplando su propio reflejo, este espíritu del viento se olvidaba de luchar y solo pedía clemencia. Le propusieron un trato: Si ella les contaba qué podían hacer con el niño, ellos la liberarían. De esta forma supieron qué hacer con el problema que les afligía. Tan solo debían de esperar unos días más.

Faltaban ya siete días para Samhain cuando al niño le crecieron unas orejas que en nada se parecían a las de todo hijo de Dios. Eran puntiagudas y cubiertas de un fino vello de color dorado. Con esas orejas, que el niño podía mover a su antojo. Bien estiradas y bien abiertas, el pequeño se llegaba hasta la linde del bosque. Sentado durante horas, permanecía quieto y sonriente. Parecía que escuchara la más linda de las canciones.

Pasaron los días y llegó la noche de la Gran Luna. Noche en que la sílfide les dijo que debían de hacer aquello que les contó.

Los ancianos ordenaron a los demás vecinos que se encerraran en sus casas y no salieran hasta el amanecer.

La señora Hanlon fue la encargada de matar a la cabra. La abrió en canal con una daga de plata y habló una extraña lengua que sonaba como el ulular del viento sobre todas las cosas. Hay quien afirma que de las entrañas de la cabra emergió una especie de luz con forma de duende que gritó de pura rabia y hay quien dice que esto solo fue el movimiento de las velas y el pedo que, de puro miedo, dejó escapar el anciano Dogherty. Sea como fuere, esto es lo que aconteció.

A continuación, poco antes de las doce, llevaron al niño hasta el claro del bosque que señala la frontera del país que no debemos habitar. Unos metros más allá divisaron un ser igual al niño, solo que más grande y mucho más viejo. Su piel tenía el aspecto de la corteza de los árboles. Este ser se afanaba en sujetar en su sitio unas piedras enormes y antiguas, grabadas con extraños signos, que cerraban el paso a otro lugar. Un lugar donde habitan las Hadas. Seres contra los que hace ya mucho tiempo lucharon los hombres, los vencieron y arrojaron a ese agujero tapando la entrada con piedras sagradas.

Una vez hubieron vencido a las malvadas hadas y sus huestes, uno de aquellos guerreros que tan valientemente lucharon, pronunció el juramento y se convirtió en el Vigía. Dedicando su existencia a evitar que las hadas; esos seres con cuerpo hecho de ramas sarmentosas y tenebrosas alas; pudieran vagar nuevamente por los bosques, devorando los anhelantes corazones de todo aquel que cayera en su engaño.

Estos vigías permanecían en ese lugar hasta que, sin apenas fuerzas, vieran aparecer a otro que, como él, vigilara aquello que debía ser vigilado. Sólo entonces podrían descansar.

Pero esa noche, las piedras temblaban y se agrietaban, dejando salir una luz cegadora y un continuo coro de voces que ponían los pelos de punta a todo aquel que las oyera.

El viejo parecía darse por vencido cuando vio al niño acercarse hasta donde él estaba. Lo miró largamente y le cedió su sitio dando un suspiro que sonó como un viejo árbol al troncharse. Casi a rastras se perdió entre la espesura y nunca más se supo de él.

Al tiempo que el niño ocupó su lugar y posó sus manos sobre las piedras, éstas se asentaron firmes. Resonaron como truenos en una tormenta, cegaron toda luz y acallaron las voces. El pequeño, actuando como si supiera bien aquello que debía hacer, se atusó los bigotes, estiró las orejas y escuchó algo que sólo él podía oír, sin caer en la locura. Algo que sólo él podía vigilar sin preguntarse nada más hasta el día en que, otro como él, ocupara su lugar

Los ancianos que fueron testigos de estos hechos, volvieron a la aldea.

—¡El Vigía eligió nuestra aldea para nacer!— comentaban unos.

—¡Lo cuidamos bien— decían otros

Con cada paso que daban se sentían más valientes y confiados. Con cada día que pasaba olvidaban y negaban. Disfrazando los hechos con tal o cual razonamiento. Dando paso a la leyenda. A los cuentos de viejas.

Pero, de vez en cuando, gentes como la señora Hanlon se detienen en la linde de un espeso bosque a escuchar nadie sabe qué.

Un comentario en “El Vigía.( Un cuento de Halloween)

Los comentarios están cerrados.